Ese hombre de pelo por rastrojo, peluquín antiguo, papada mórbida y ego hipertrofiado no es otro que el presidente de los EEUU. Un hombre a un tuit cosido. Un balbuceo en sesión continua. Aspiraba a restaurar el aura Gary Cooper en la Casa Blanca, en eso basó su triunfo. En explicar que vuelve el hombre y con él las pistolas nacaradas de los generales que liberaron Europa. Acabó desfondado. Roto de tanto esputar contradicciones y farfullar trolas. Náufrago de sí mismo. Ahogado en las playas de la más viscosa posmodernidad. Pluscuamperfecto ejemplo de todos los pos posibles y el primero la posposposverdad. Rusia y las amistades peligrosas, Julian Assange y Manafort, el muro en México y los discursos de un racista subido, de un zafiedad nunca vista… No hay charco donde no abreve el rey del populismo, Chávez norteño, gemelo de los bárbaros del Brexit y las ultraderechas y ultraizquierdas que amenazan con zamparse 80 años de pax en democracia. Pero no desesperen. El mismo Trump que abruma cada vez que abre el pico sirve como eficaz lenitivo para otros desastres. No solo en Schleswig-Holstein cuecen habas podridas. Más allá de unos jueces decididos a laminar la Europa forjada y vacunada en la sangre bautismal del horror nacionalista siempre existe la posibilidad de ir a peor. Aquí sufrimos la tiranía de unos magistrados pirómanos y allí, orillas del Potomac, la edad oscura del viejo enamorado de su sombra. Al menos nosotros todavía podemos recurrir a Estrasburgo.
