Leo que PSOE, Podemos y Ciudadanos habrían pactado la obligación de primarias para elegir candidatos a la presidencia del gobierno y etc. Fantástico. A todos nos molesta la esclerosis de unos partidos que operan como claqués del líder. Pero la historia tiene tardes de péndulo turboalimentado. No siempre conviene acelerar de cero a cien como un Ferrari. Las primarias, nacidas para evitar la aluminosis de unas elites enquistadas, también tienen el potencial de servir de abrelatas para el caballo de Troya. Sirva como ejemplo la presidencia de Donald Trump. O el triunfo del perfecto paracaidista. Lo cuentan Levitsky y Ziblatt, a los que cito mucho estos días: su How democracies die me tiene hechizado. Armado con medias verdades y un carisma grosero y evidente Trump desarboló los aparatos tradicionales de los partidos, sus viejas aduanas, hasta cambiar el sistema desde dentro, ahora vengo a desquitarme… Fallaron los controles. Esa maratón que todo outsider debía sortear. El examen de los poderes fácticos. La criba de los veteranos, los lobbies y los intelectuales. Teóricamente garantizaban la exclusión de un demagogo. Un extremista. Un jeta con el bolsillo y el cuajo esculpidos en la vistosa lonja de la utopía. Con Trump quiebran las primarias. Desde 1972, o sea, desde la Comisión McGrovern & Fraser, nacida como respuesta a la Batalla de la Avenida Michigan y la Convención de Chicago, una ruleta rusa que había funcionado renqueante y peligrosa hasta 2016. De ahí en adelante, una catástrofe anunciada. Trump destroza a sus rivales y alcanza las elecciones para masticar a Hillary Clinton. Obsesionada con el techo de cristal. Sin reparar en que sus propias zancas eran de fino vidrio. Miren, de las primarias llegan buenas noticias. Democracia interna. La voz de los militantes. El entusiasmo del pueblo. También monstruos. Si el sistema de primarias tal y como hoy funciona hubiera existido en los años veinte o treinta EEUU hubiera arriesgado la posibilidad de dos presidentes antisemitas, admiradores de Hitler y amados por la gente, Henry Ford y Charles Lindbergh. O a finales de los sesenta, de un segregacionista como el gobernador Wallace. Aunque canten las balas y quede feo decirlo no está de más acreditar una experiencia previa en la función pública. Qué sé yo, un currículum. Incluso un discurso sensato. Reformista o no. Siquiera ponderado. Reactivo a soluciones drásticas, maullidos sentimentales, aguarrás intelectual, piruetas dialécticas y ese aura de hombre (o mujer), visionario (o visionaria), que distingue al buen granuja (o granuja). Las primarias deseadas y deseantes pueden ser riel por el que avance el tren del odio. Lo dijo Santa Teresa. O Capote. Cuidado con las plegarias. Las ceba el diablo.

Julio Valdeón

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