Citamos Salem como antecedente histórico del oleaje puritano desatado en los EE.UU post Weinstein. Ningún ejemplo como el de Woody Allen, al que pasean embreado por una denuncia de 1992 que nunca llegó a juicio, desarbolada hasta la última coma por los informes de los especialistas de la Unidad de Abusos Sexuales a Niños del Hospital Yale-New Haven y los Servicios de Protección del Menor de Nueva York. Concluían sin sombra de duda que la hija adoptiva de Allen, de 7 años, que acusaba a su padre de abusos sexuales durante una visita de 15 minutos a la casa de Mia Farrow, en mitad de la batalla legal por la custodia de los niños, o mintió o fue manipulada. ¡Vendidos, renegados, inútiles! 26 años más tarde asistimos a una lapidación mejorada gracias al fervor de unas actrices que algún día debieran de pagar por sus monstruosas difamaciones. Entre tanto, entre película y premio, ejercen como investigadoras forenses. Algunos magnánimos comentaristas, valientes cobardes, conceden a Allen el precario salvavidas de la duda. De la duda que mata. Ni inocente ni culpable. No estábamos allí. Qué sabe nadie. Comentarios tóxicos. Propios de gente austadiza de las redes sociales. Timorata frente a la turba y muy pendiente de escribir lo que conviene. Al tiempo que balbucean, cómplices, ignoran la natural querencia gringa por desollar brujas. Aquella histeria de los años ochenta y primeros noventa contra los trabajadores de guarderías y unos cuantos padres. Inmolados por pederastas, fusilados por satanistas, ahorcados por cerdos. Muchas de las acusaciones venían respaldadas por un vistoso reclamo, algo así como la memoria suprimida, o reprimida, o enclaustrada. Una de tantas exhibiciones poéticas del doctor Freud y sus siempre exuberantes discípulos. Añadan la reacción de quienes soñaban con enterrar la liberación sexual y otras baladas sesenteras. La confusión provocada por la incorporación de la mujer al mercado de trabajo y la necesidad de aparcar a los nenes en manos de extraños. La naturalísima querencia por el aullido de unas televisiones y unos políticos codiciosos, bulímicos de titulares y herejes. El resultado fue una tormenta de enajenación colectiva. Un turbio fresco mediante juicios públicos, vengativo jaleo y picadillo humano. En No crueler tyrannies: Accusation, false witness and other Terrors of our times, la premio Pulitzer Dorothy Rabinowitz recopiló un puñado de casos desoladores. Como explicó Richard Beck en We believe the children: a moral panic in the 80´s, casi 200 maestros, niñeras, padres y hasta policías fueron laminados por sus supuestos, muy supuestos crímenes nefandos contra la infancia. No menos de 80 personas recibieron el premio de unas sentencias draconianas. La maestra Margaret Kelly Michaels, condenada a 47 años de cárcel. O el agente Grant Snowden, cuya mujer dirigía una guardería. O el doctor Patrick Griffin. O Gerald Amirault, condenado en 1986, al igual que parte de su familia, y liberado en 2004 gracias a las investigaciones de unos cuantos periodistas dignos, entre otros Rabinowitz. O las más de 40 personas de un pueblecito a las que las hijas del policía al cargo, más un delincuente que negociaba con la fiscalía, habían acusado de levantar una trama de abusos. Todos, inocentes. Uno de los personajes públicos que con más vehemencia denunció las conspiraciones satánicas, las supuestas redes de crímenes sexuales y la hipotética plaga de canibalismo, tortura y sodomía contra los atónitos infantes de América, y en consecuencia corresponsable de la cruzada, fue Oprah Winfrey. La historia, que repite como náusea.

Julio Valdeón

© Julio Valdeón Blanco / Diseñado en WordPress por Verónica Puertollano (2012)