Una de las cosas que nos sorprendió de Nueva York nada más llegar fue que el hospital Bellevue, donde Mónica hizo unas prácticas, disponía de una unidad consagrada a tratar víctimas de la tortura. Especialistas al servicio de los prófugos que huyendo de los regímenes dictatoriales y las guerras del resto del planeta arriban a a los muros de la ciudad vertical. Pero la vocación hospitalaria de Nueva York y EE.UU., su condición de melting pot, nunca fue sinónimo de comodidad regalada o confortables privilegios al contado. El inmigrante siempre tuvo que pelear. Había y hay que ganárselo, y nadie garantiza el resultado. Los primeros destinos, trabajos y viviendas acostumbran a ser hostiles, aunque menos, a ver, que las calles del actual San Salvador o las aldeas lituanas del principios del XX. Pregunten a los descendientes de los sicilianos, a los bisnietos de los irlandeses, a los hijos de los haitianos, a los nietos de los noruegos, a los herederos de los huidos de cuantos pogromos ardieron en la vieja Europa. Finalmente, con esfuerzo y tesón, cualquier cosa era posible. Incluso progresar y hasta enriquecerse. Sin duda mejorar la vida de tus hijos y sus descendientes. Siempre que cumplas con tu parte del trato. La inmigración conforma hasta tal punto el ADN de EE.UU que, citemos mitos, la madre de Frank Sinatra nació en Lumarzo, en la provincia de Génova, y el padre en Friddi, Palermo. Los padres de John Ford eran irlandeses. Los de Bob Dylan, judíos emigrados desde Odesa. O, por salir de las artes, Levi Strauss, el de los vaqueros, nació en Buttenheim, Alemania. Joseph Pulitzer en Hungría. Sergey Brin, cofundador de Google, en Moscú. Steve Chen y Jawed Karim, confundadores de Youtube, en Taipei (Taiwan) y Merseburg (antigua Alemania del Este). Sirva todo esto como antecedente para enmarcar la enésima coz del presidente Trump contra los inmigrantes, ahora salvadoreños, embozada en el pretexto de que no hicieron los deberes para opositar con éxito a la ciudadanía. Esas 200.000 personas llegaron hace más de una década como refugiados de los terremotos de 2001. Su permiso provisional de resisencia se renovaba cada 18 meses. Resultaba casi imposible transformarlo en uno permanente. En ese tiempo la gente rehizo su vida. Tuvo y crió hijos. Unos críos que en numerosas ocasiones no han conocido otro país. Muchos son solo angloparlantes. También abrieron negocios. O trabajaron como empleados en otros. Incluso en la administración pública. Compraron casas. Firmaron hipotecas. Pagaron electrodomésticos y coches. Contrataron seguros médicos. Cotizaron a la seguridad social. Hicieron la declaración de impuestos y limpiaron y podaron y barrieron y cocinaron y amaron y odiaron, vivieron y soñaron, como ciudadanos integrados y productivos excepto por el ligerísimo detalle de una deportación inminente que nunca llegaba. Hasta que Trump, fuerte con el débil, mierda con el fuerte y siempre obsesquioso lector de los instintos del electorado jabalí, volvió a tirar al plato para compensar sus bodrios: en este caso, la publicación del libro de Michael Wolff. El esquema se repite con tal letal exactitud, revés presidencial/puntapié a los primeros parias que encuentre, que empiezo a suspirar porque todo le vaya bien. Al menos, mientras sonrían las encuestas, no saldrá de caza. Un arte, el de traficar con vidas como quien apuesta a negro en el tapete, que domina con la saña del perfecto sociópata.

Julio Valdeón

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