Una Tabarnia próspera y libre. Una Tabarnia en España. Segregada de la Cataluña del 3%, Ferrocarrils de la Generalitat, Palau de la Música, ITV, Turisme de Catalunya, Adigsa, Pretoria y etc. Una Tabarnia a la que ya nadie robe. En la que nunca más sea posible que el padrino de Banca Catalana recaude para sí el monopolio de la ética. Una Tabarnia cosmopolita, moderna, demócrata y alegre. Con su turismo a buen recaudo y sus hoteles llenos y sus terrazas a reventar. Limpia de la inquietante compañía del agro feroz. Ese que corta autopistas y juega a la revolución con los gastos pagados. Una Tabarnia sin lacitos amarillos, ex presidentes en fuga haciendo el canelo del brazo de ultramontanos belgas y ex vicepresidentes que en su delirio posan como Edmundo Dàntes reencarnado. Una Tabarnia por el derecho a decidir y el voto. Total. A quién le importa. Nosotros solo queremos urnas. Una Tabarnia que disfrute su bilingüismo feraz. Orgullosos sus ciudadanos de parlotear catalán y español. Los dos idiomas, o dialectos, en la enseñanza. Donde la posibilidad de ser multado por rotular en la segunda lengua sea ya una soez pesadilla, y en la que el dominio del catalán no discrimine a los candidatos a una plaza en la escuela, la administración pública, la sanidad y etc. Una Tabarnia de un hombre un voto frente la actual perversión electoral. Una Tabarnia cómoda en España, con los pies en el suelo, el lomo contra el respaldo y los hombros ligeramente hacia fuera, frente a la Tabarnia actual, a la que el resto de Cataluña, en su voracidad subsidiaria y su raíz xenófoba, fue incapaz de seducir. Una Tabarnia autónoma y soberana. Con capacidad para evitar que sus empresas acaben exiliadas, parte orgullosa de la Unión Europea. «Tabarnia, la Crimea catalana», que dicen sus impulsores. Porque Barcelona is not Catalonia. Una Tabarnia en la que los constitucionalistas contemplen con alivio la desactivación del frente anarcocarlista, tractorrufianista, puigdemontiano, surrealsoberanista y pujolés que durante cuatro aciagas décadas mantuvo a Cataluña bajo el imperio de un dios dadá con mucha menos gracia que aquellas tardes del viejo cabaret Voltaire. Una Tabarnia en la que las huelgas no corran a cuenta del gobierno regional y donde su sacrosanto ejercicio apareje la dignidad de perder la parte alicuota del sueldo. Una Tabarnia donde ningún presunto malversador, sedicioso o golpista confunda su lacrimeo desde el presidio con la correspondencia Tolstoi/ Gandhi. De hecho, ya que estamos, en Tabarnia nadie podrá compararse con el Mahatma Gandhi, Charles de Gaulle, Martin Luther King o Nelson Mandela, no digamos ya Robin Hood, El Zorro, La Pimpinela Escarlata, El Llanero Solitario o Joaquín Murieta sin un profiláctico ataque de risa previo. Por todo eso y más, por la emancipación de la ciudad de Barcelona y su cinturón industrial, así como la de Tarragona, vampirizadas como andan por la tractorada ambiente, y porque los tabarneros, o tabarnienses, o tabarlitanos, o tabarnillos, tienen todo el derecho a ser España y Europa, brindo y boto y voto por Tabarnia.

Julio Valdeón

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