Bob Dylan despertó un día y encontró a Dios en un hotel de Tucson. Al suceso habían contribuido algunos músicos amigos, que lo habían invitado a las reuniones de un grupo evangelista en Los Ángeles. Armado por su nueva fe, y aunque siempre tiró de la imaginería poética de la Biblia, vira fogoso predicador góspel. Para grabar el primer disco de su nueva vida, Slow train coming, viajó hasta Muscle Shoals, Alabama. Reclutó de productor a Barry Becket, histórico de la Muscle Shoals Rhythm Section, y a Jerry Wextler. El hombre de Atlantic records. El viejo zorro que acuñó el término rythm and blues y reinventó a Aretha Franklin como emperatriz negra. Entre los músicos de las sesiones, algunos de los príncipes en la sombra de la era soul, a los que añadieron la cristalina guitarra de Mark Knopfler y la batería de Pick Whiters, de Dire Straits. Con su sonido diáfano y pegajoso y sus letras apocalípticas, Slow train coming deleitó y cabreó a partes iguales. Cosechó estupendas ventas y hasta un Grammy, pero nadie estaba preparado para la gira. Transformado en apóstol flamígero, Dylan rehuyó tocar en directo cualquier canción previa a su renacimiento como hombre de fe. Esto es, quedaban descartadas todas sus canciones anteriores a… ¡1979! Añadan los sermones con los que amenizaba la velada y entenderán mejor las violentas reacciones de parte de la audiencia. A Slow train coming le siguió otro disco, Saved, mal grabado y que dejaba en el cajón de inéditas algunas de las mejores composiciones del periodo, y otro más, Shot of love, igualmente improvisado en el estudio y con el que en 1981 cierra lo que la crítica llama la etapa góspel. En ese último asoman maravillas como la incandescente Every grain of sand, en la que Dylan parece ya lejos de la retórica del Viejo Testamento y mucho más cerca del Nuevo Testamento y, por qué no, del catolicismo que de los evangélicos. Para entonces había reincorporado algunas de sus canciones digamos laicas al directo. Cuando llegue su siguiente obra, Infidels, en 1983, el Dylan cristiano habrá mutado en la siguiente reecarnación. Aunque tampoco renuncia al manantial poético de las Escrituras. Basta con leer la letra de Jockerman. Acostumbrado a pelear contracorriente y, sobre todo, a cocear las expectativas, pagaría la proselitista audacia con unas ventas en declive y un prestigio arrasado. No resurgiría hasta finales de los noventa. Sí, Dylan sabía que era peliagudo llevar la contraria. Véase la conversión al rock and roll de 1965. O su maridaje con el country en discos como Nashville skyline, de 1969, cuando el country era poco menos que la quintaesencia de lo rancio. Pero calculó mal sus fuerzas. El órdago de la etapa cristiana va más lejos y, de alguna forma, contradice los postulados básicos de la ideología que asociamos al rock. Suponemos que aprendió la lección. En una entrevista de 1997 para Newsweek explica que «Esto es lo mío con la religión. Esta es la verdad: encuentro la religiosidad y la filosofía en la música. En ningún otro sitio. Las canciones son mi léxico. Creo en las canciones». Estos días Sony publica la monumental caja Trouble no more: 1979-1981, dedicada al periodo. Un banquete. Otro más.

Julio Valdeón Blanco

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