La misma semana en la que gobierno desarrollaba un 155 soft Pamela Anderson publicó un escrito grouchiano/vegano donde acredita pedigrí como comentarista jartita ya de fumá´ y estando casi arribita. Entre otras glorias sostiene que «los catalanes se han sentido reprimidos durante mucho tiempo y tenían que hacer algo». Di que sí. Aparte, el «PP es un tipo de partido que trabaja sobre la base de la provocación y lo han hecho durante una década mostrando a los catalanes (y previamente a los vascos) un dedo [o sea, una peineta]». Los catalanes (independentistas: los otros no son catalanes. Está por ver qué. Si anfibios uródelos. Si anuros) sintieron que «no había justicia». Que habían «contribuido más al tesoro nacional». Que recibían poco. Circulaban melancólicos. La perorata pamela/palmera regala una psicodélica lección sobre diversidad cultural. Añade locas disecciones de las calidades de Barcelona, puerto de mar. En algún peldaño del tercer párrafo, quizá cuando apuesta por la Europa de los pueblos y las ciudades y reconoce los problemas del Imperio Astrohúngaro, toca sobreponerse al síndrome Aterriza como puedas y recordarte lo bien que hiciste en dejar el tabaco: ningún sobresalto y ningún texto justifican la ingesta de alquitranes. Casi al final se lía con los apoyos al golpe. Que si el campo que si la ciudad que si calienta el sol. Remata con un buena suerte tipo Edward R. Murrow digno de mejores causas.
Sus palabras de aliento a la causa han provocado gran deleite entre quienes atiborrados de duis simbólicas agotaron el cupo de eurodiputados solidarios. Mao urdía algo así cuando acuñó lo del Gran Salto Adelante. De coleccionar palmas entre nacionalistas xenófobos, rancios euroescépticos, nostálgicos del estalinismo y montaraces ultraderechistas a recibir las carantoñas de un mito serie B de Hollywood. Chúpate esa, Mariano. Toma castaña, Soraya. Ahí te ondulen, Alberto. Contaréis con el respaldo de la Constitución y el Estatuto de Autonomía, tendréis de vuestro lado el ordenamiento jurídico y los tratados europeos, y nadie excepto Maduro y la antigua Batasuna jalea el proceso, pero las tornas cambian. Primero Yoko Ono. Después, oh, Julian Assange. Ahora, multiplicando el glamur revolucionario, la amiga de Assange.
Solo faltaba, y llegó, la carta de un Punset encantado de parecerse a su madre y que, feliz extravagancia, reconoce que nunca abandona su casa sin pasaporte. No sea que de camino a la Villela Baixa lo pare la Benemérita y acabe como un Camborio en la DGS del año 1958. Luego dirán que la política moderna aburre. Que no nos divertimos. Que aquí no hay playa. Como si las reflexiones de intelectuales y politólogos como Nigel Farange, Gerad Piqué y Pamela Anderson no agitaran la bailonga maravilla de un debate de alcance mundial.
Abandonada cualquier pretensión de rutina, en la vanguardia pura de un nacionalfabulismo a medio minuto del nacionalfunambulismo, los golpistas posmo reclutan a amigos de Putin. A sindicalistas condenados por asesinato. A corifeos del Brexit. A racistas belgas. A ex conejitas Playboy. Un baile de máscaras que amenaza con dejarnos la sesera licuefactada. Tras Stoichkov llegó Naomi Klein, originalísima. Punset con una pieza traducida de aquellas pregunta suyas en inglés redes. Lo que queda de Varoufakis. Faltaban los Anderson. Pamela & Jon Lee. ¿Quién más? ¿Michael Moore? ¿David Hasselhoff? Ya tardan.

Julio Valdeón

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