Los independistas proclaman la propiedad exclusiva de aceras, plazas y calzadas Su delirio lo ha señalado el gran poeta Felipe Benítez Reyes, cuando los acusa de «medir la legitimidad democrática en la calle y no en las urnas». A falta de votos traigan antorchas, máscaras, gorritos, bocinas, confeti y vuvuzelas. Saludemos por última vez las norcoreanas coreografías, las plañideras canciones de Lluís Llach, las imperiales cursiladas de la ANC y Òmnium Cultural, las demoledoras ridiculeces de quienes se creen la estelada reencarnación de Mandela, los contratos a mayor gloria de TV3 y sus chupones. La democracia, juguete delicado, sobrevivió al rencor del 36 y a quienes creían que debíamos quemar los próximos siglos en el papel de fraticidas matarifes. Ahora, entre alcornoques adolescentes y émulos del Che empachados de xenofobia, los manifestantes, sonrientes como muñecos y conectados a Twitter, amenazan con electrocutar el Régimen del 78. Siguen la consigna del Mayo francés. Buscan la arena bajo los grises adoquines. Descubrirán con Hierro que después de nada, o después de todo, todo no era más que nada, y que tras los créditos nace un abismo tiznado de ridículo. La indepdencia era esto. El oprobio de unos señoritos a los que el exceso de ocio (y racismo) transformó en psicóticos dignos de medicación (y trullo).

Julio Valdeón

© Julio Valdeón Blanco / Diseñado en WordPress por Verónica Puertollano (2012)