Ahora, voy a contaros como también yo estuve en Barcelona, y fui dichoso. Comí en el Sant Antoni Gloriós acompañado por el mejor cicerone posible, José María Albert de Paco, escritor impagable, brillante y valiente, en la Cataluña de la peste. Nosotros, niños mitómanos y letraheridos, habíamos crecido acodados a la barra del Boadas, donde la tarde anterior brindé solo con el fantasma de El Perich mientras unos clientes sentados a mi izquierda sostenían que la manifestación del domingo fue una conjura falangista. «Anda y que se vuelvan al Valle de los Caídos», escupieron con mal disimulada xenofobia y esa superioridad moral, mezcla de necedad y vileza, que distingue a los idólatras de la aldea. Fuimos los viudos de Marilyn Monroe, el año en que murió envenenada y rubia sobre una roca desierta. Tarareamos suspiros de España en compañía de Pepe Carvalho. Nosotros, enamorados de Penélope y Lucía, con los bolsillos cargados de Paraules d’amor, peregrinos de Casa Leopoldo y Las Ramblas, educados con Vibraciones y Fotogramas, volvimos a Barcelona como sueño vivido hace ya mucho tiempo. Como quien pasea por el negativo de una canción de la calle de la Cera, hija de la guaracha y el rock and roll, por obra y gracia del genio, Peret. Estuvimos en el territorio mágico. Certificamos la esquizofrenia colectiva. La ruina de banderas. El odio en ascuas. La contradicción de una ciudad amable y el penoso espectáculo ofrecido por una parte de su clase política, y su ciudadanía, situados más allá de la ley y la salud mental. Abandonado ya cualquier prurito de normalidad, y a lomos de una indescriptible puerilidad, pretenden consolidar un totalitarismo en la Europa del siglo XXI. En estos días sucios y melancólicos ya sólo queda preguntar «Què volen aquesta gent / que truquen de matinada?» y responder a Puigdemont que fueron ellos, los que persiguen a la policía e injurian a los jueces, los que amordazan a la oposición e ignoran a la mitad de los ciudadanos de Cataluña (del resto de España ni hablamos), quienes empujaron a la Autonomía y el Estatuto por el balcón de la Historia. En el nombre de hoy, a 10 de octubre de dos mil diecisiete, martes de nubes con sol, y amparados en un referéndum que ni fue referéndum ni podía serlo, llegó el enésimo capítulo del golpe de Estado. Llegó también la certificación de una muerta largamente cantada. La de una Barcelona putrefacta por el racismo, ensorbecida de ignorancia y violada junto al resto de Cataluña en un proceso de ingeniería social bien engrasado por los sucesivos gobiernos de un país que no dudó en pagar a traidores con tal de perpetuarse en el poder y aprobar los presupuestos generales del Estado. Desde los púlpitos catódicos de TV3, donde dibujan una España grotesca, promovieron la campaña del odio, y el odio lo devoró todo. Contemplamos en televisión a un pobre hombre, convencido de que «hay democracia más allá de la Constitución». Inaugura el gran desierto y, al mismo tiempo, prolonga la charlotada. Por caridad, clausuren este frenopático.

Julio Valdeón Blanco

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