La columna vive de masticar lo inmediato y en términos periodísticos los discursos de Mario Vargas Llosa y Josep Borrell frente a la Estación de Francia pertenecen ya al pleistoceno. Pero qué quieren. He necesitado veinticuatro horas para desengañarme de las emociones, malas consejeras de la escritura. Quería volver a sus palabras ligero de equipaje. Casi desnudo y etc. Lejos de la multitud, de las risas y lágrimas de los ofendidos y humillados de una historia españolísima, todavía conmueven más. Releídas en la blanca soledad de un despacho cuajado de libros, en la casa de un amigo barcelonés al que cada día quiero y admiro más, los discursos del escritor peruano y del expresidente del parlamento europeo revelan mejor su potencia. Su robustez moral. Su aliento. Exhiben también la diferencia de planos por la que transitamos. A un lado un Premio Nobel de Literatura. Al otro una parranda de periodistas untados, futbolistas con los ojos húmedos y artistas equidistantes. O sea, incapaces de decidir, cuando chocan el Estado de derecho y el golpe de Estado, a quien quieren más. «La pasión puede ser también destructiva y feroz cuando la mueven el fanatismo y el racismo. La peor de todas, la que ha causado más estragos en la historia, es la pasión nacionalista». Palabra de Vargas Llosa. Que sabe bien hasta qué punto las intenciones más líricas, ¿acaso hay coartada más sentimentaloide que la proustiana magdalena?, pueden derivar en violentas infecciones del cuerpo social. Con el coraje del que lleva décadas diciendo lo suyo y peleando por las libertades, evocó la Barcelona de aquellos setenta, cosmopolita, vibrante y culta, inocente y plural, y ennoblecida por la leyenda, como corresponde a los recuerdos de juventud. Cuando los artistas cachorros arribaban hasta su puerto en la esperanza de compartir whisky y tertulia con Gil de Biedma, Barral y cía. La misma Barcelona, por cierto, sobre la que vomitaba toda su arrogante chabacanería un cantautor Pla que se cree intelingentísimo y solo mea ocurrencias. En cuanto a Borrell, vamos a suspirar cuando dijo que todos tenemos un poco de culpa por haber callado demasiado. Bien, bueno, callaron muchos. Los primeros los gobiernos socialistas. Los populares. No digamos ya el PSC. Pero en Cataluña también hubo valientes. Gente que contra toda probabilidad de salir indemne denunció la agresión integrista que arrinconaba a buena parte de la ciudadanía, y antes que a nadie a la clase obrera. Escuchando a Borrell uno no podía por menos que añorar la posibilidad de una izquierda largamente aplazada. O desahuciada. Una izquierda que no abrace las causas de la xenofobia y que, de una maldita vez, combata la enfermedad nacionalista con vacunas racionalistas e ilustradas. Una izquierda con dirigentes capaces de gritar que «Vosotros no sois súbditos, y si hoy estáis aquí es precisamente para decirle al mundo que los que no pensamos como los nacionalistas somos tan ciudadanos de Cataluña como ellos». Una izquierda, ay, en las antípodas de la vergüenza que sufrimos desde hace décadas. Ahogada como anda entre la perruna sumisión al nacionalpopulsimo y las baboserías posmodernas.

Julio Valdeón Blanco

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