La primera condición para ganar una guerra pasa por conocer a tu enemigo. Si la terminología bélica les asusta, y a mi sí, piensen que esto va en tono metafórico. Porque así es y porque el conflicto no es entre naciones sino entre el Estado de derecho y unas instituciones locales en clara rebeldía. Y ninguna metáfora más recta, aunque también más peliaguda, que la que emparenta la rebelión de las citadas instituciones y una parte de la ciudadanía española en Cataluña con la batalla que debemos dar por las libertades. A lo que iba. El enemigo, o rival, o adversario, o como quieran llamarlo, se compone de una derecha xenófoba y una izquierda no ya racista, que también, sino educada en los manuales de guerrilla urbana y en las tácticas disruptivas del hackeo a las instituciones democráticas. El dominio de estos últimos de eso que los cursis llaman relato ha sido tan abrumador que ha logrado que muchos ciudadanos bienintencionados, de aquí y de fuera, hayan dudado respeto a la justicia del asunto. La falta de reflejos del gobierno, la asombrosa perplejidad que causa que creyera en la integridad de los Mossos, y su incapacidad para sellar los centros de votación con anterioridad a que fueran ocupados por los sediciosos, provocan una melancolía digna de mejores tragedias. Por no hablar de una prensa extranjera incapaz de solicitar obviedades como el parte de bajas y sus correspondientes informes médicos, numerosísimos si tenemos en cuenta que la bestial represión policial y paramilitar del Séptimo de Caballería franquista y blablablá provocó la estremecedora cifra de dos hospitalizados (uno por infarto). Los muchachitos de las CUP, anticapitalistas y antifascistas, coleccionistas de poses y convencidos de su condición redentora, serán unos mesiánicos, pero dominan tanto los tiempos del golpe como el marco publicitario por el que avanza. Palabras como diálogo. O las llamadas a la mediación internacional. Esa retórica tan Herriekiko Euskal Elkartasuna-Solidaridad Vasca con los Pueblos. Por lo demás comparten con las élites de la vieja CIU el caldo amniótico donde crecieron todos. Mezcla del profundo victimismo que caracteriza las reivindicaciones identitarias y el narcisismo de unos ciudadanos tan acostumbrados a disfrutar de una magnífica calidad de vida que, ay, bostezan. Sus vidas carecen de sentido. Quién fuera Robin Hood o Emiliano Zapata. Quien pudiera cabalgar por Monument Valley para socorrer peregrinos en apuros y luego, al caer la noche y derrapar por el cielo una luna de cera, bostezar satisfechos en la barra de un gastropub y brindar por lo fantásticos que somos y los sacrificios que hoy hicimos en nombre de la humanidad. A la que tanto queremos y que tanto nos debe. Quien fuera Jacques Cousteau, quien fuera Nemo el capitan, quien fuera el batiscafo de tu abismo, quien fuera explorador, corazóooooon. El resto, los asustados, los señalados, los manchados, los otros, los impuros, los malos patriotas, los acobardados, los chantajeados, los perseguidos, los vejados, insultados, injuriados y finalmente abandonados durante décadas y a merced de la apisonadora supremacista, generalmente, qué cosas, los hijos y nietos de los inmigrantes, y sus conciudadanaos del resto de España, y en general todos los que contemplan estremecidos como el invento amenaza con calcinar la convivencia de una nación, aquellos que darían cualquier cosa por restaurar la armonía y restablecer la cordura, ya pueden ponerse las pilas. Qué tal, para empezar, si acuden masivamente a la concentración convocada por Sociedad Civil Catalana este domingo en Barcelona. A quienes apoyan el golpe de Estado, reaccionen. Abandonen ese funambulismo kakimace. El desprecio por las leyes. La apuesta por un guerracivilismo de espantosa memoria. Hagan un esfuerzo. Si no a la Constitución, y al Estatuto, regresen, qué les cuesta, a un simulacro de solvencia mental. Acabarán en la cárcel, pero al menos sus nietos nos lo recordarán como unos irrecuparables mentecatos. Caminamos hacia el abismo. Ninguna convicción, por noble o buena o sagrada que les parezca, merece semejante sacrificio. Al resto, ya digo, viajen a Barcelona. En defensa, como explican desde Libres e Iguales, de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Sin complejos y sin permitir que les contamine el odio. Enfrente tienen a los defensores de una ideología que cebó con millones de muertos los campos de Europa. Supongo que existen mejores motivos para salir a la calle, pero no los conozco.
