Uno de los fenómenos abracadabrantes de estos meses fue el de los antitrumpistas trumpistas. Un prodigio españolísimo. Protagonizado por esas gentes que odian al rubio xenófobo, nativista y etc., y sin embargo jalean a todos los demagogos de nuestro ecosistema político. Como me explica el filósofo Félix Ovejero, «Cuando uno acuerda sus decisiones con partidos que hacen de la mentira su estar en el mundo, que se muestran partidarios de levantar fronteras, que esgrimen tesis racistas, que califican como fraudulentos resultados electorales desfavorables (como sucedió en Andalucía, pero no solo en Andalucía), que tiene ministros (el de universidades, hace poco más de un año) entusiasmados con la violencia callejera, que reclaman la ocupación de los poderes del estado y que defienden propuestas para minar la libertad de expresión (la nueva ley mordaza, los delitos de odio en sus mil variantes, la LVG, la ley memoria histórica, por no hablar del ejercicio de despotismo en la dirección de TVE), tiene serios problemas para criticar a un político por su política proteccionista, por hacer de la mentira una pauta o por descalificar resultados electorales que no le gustan». No vale criticar al nene Trump, sus aullidos racistas, su corrosión sistémica, mientras aquí, ahora mismo, privilegias los nacionalismos y gobiernas con gente que cuestiona la calidad democrática e incluso habla de presos políticos e invita a tumbar la Constitución. No puedes sonreír desplanchado e irónico ante los exabruptos del cafre blondo mientras pactas con los socios del crimen político y los promotores del homenaje a unos supremacistas y asesinos. No mientras destruyes la koiné, el idioma común, tirando de argumentos netamente fascistas. Unos verdaderos demócratas, unos sujetos que denuncien la violencia retórica e ideológica del trumpismo, no pueden plegarse al oro podrido de la lengua como salvoconducto patriótico y calderilla de comercio interno ni transigir con la hez vírica de unos hechos diferenciales justificados con el blanco capuchón mental del KKK. Las contorsiones de las groupies de Sánchez e Iglesias, que aplauden en Barcelona y Madrid la mierda que no quieren para Chicago, constituye un espectáculo hechicero por surreal e hipócrita. Si lamentamos las fake news y el populismo sobre ruedas, qué decir entonces de estos nuestros antitrumpistas, de su máscara progre y de su infatigable sístole reaccionaria.

Julio Valdeón

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