A veces nos gustaría creer que la memoria del personal es como la de Dory, el adorable pececito de Buscando a Nemo. Cuando hablamos de amnesia tratamos de justificar lo obsceno. La gente no recuerda. Sería impensable que acepte determinados pasotes. Pero verán. A Pedro Sánchez lo tachamos en 2016 porque urdía un pacto con la carlistada xenófoba y los peronistas, sección cuqui/violeta. El 23 de junio de ese año tuvo el morro de escribir en Twitter que podía imaginarse pactando con Podemos «un Ingreso Mínimo Vital pero no para que jueces y fiscales estén a sueldo de Iglesias y Monedero». A partir de la moción de censura, justificada por una sentencia con párrafos reprobados por el Supremo, todo ha sido una fiesta. Lo mismo daba pactar con quienes celebran a los asesinos de tus concejales que reunirse con una delincuente en Barajas, abrazar al Le Pen español, nombrar fiscal general a la ministra o destituir al abogado del Estado que durante el juicio a la mafia no atiende a tus necesidades presupuestarias. Decir que la reforma del CGPJ supone el enésimo clavo en el cofre del muerto es repetir una obviedad que a la parroquia sanchista solo interesa en clave utilitaria. Creer que la asumimos por lotófagos supone un pobre intento de aliviar la culpa colectiva. En España cualquier cosa, cualquier salvajada, si vale para arrear al enemigo, o sea, la mitad del arco parlamentario, será bendecida. Lo que ningún, ejém, “progresista” español tolera en EE.UU., verbigracia manejar la crisis económica y sanitaria con crudas consignas ideológicas, demonizar al adversario hasta cavar dos trincheras goyescas, acelerar en la deriva autoritaria, desviar la atención mediante ataques teledirigidos contra los poderes locales, Nueva York o Madrid, a fin de ocultar la (catastrófica) gobernanza nacional durante la pandemia, o ahora la obcecada, yes, la indisimulada voluntad de meter mano al poder judicial, aquí les parece fetén. La única condición es que el desaguisado lleve la rúbrica del gobierno de “progreso”. Entonces sí, lo tremendo será asumible. Lo inimaginable, óptimo e incluso inevitable. Y al lado del pueblo, flamantes, encontraremos a los comentaristas políticos, que callan como umbralianas putas porque reciben, dos por uno, la rutilante bicoca de sentirse moralmente superiores al tiempo que escriben a favor del poder, que paga y otorga. Vía libre, entonces, para gobernar con partidos que trabajan contra el orden Constitucional, para reformar ad-hoc el Código Penal y aliviar condenas a la carta, para acusar a Bolsonaro y a Trump de los 55.000 muertos españoles y de los miles de sanitarios infectados, para destituir a Pérez de los Cobos, para convocar caceroladas y para cuanto sea menester. Quieren más. Póngame tres, cuatro y cinco rondas. Jarabe “made in Visegrado”. Con tal de acallar a la “derecha extrema” y fumigar a la “extrema derecha” todo será poco. Lo esboza Zapatero, lo pregona Iglesias y lo consuma Sánchez. La reconciliación del 78 fue una derrota. La Transición, inaceptable porque no permitió ajustar cuentas. Mucho mejor la venganza. Hasta ganar la guerra. Cualquier guerra. Todas las guerras. De modo que ni amnesia ni olvido. Azaña fue un blando. Ni paz, ni piedad ni perdón. La política o el juego del exterminio. La deliberación, arrasada. El desquite, personal y social, asumido como la única bandera del emperador. Los votantes aplauden porque con su barbarie el gobierno de Sánchez excusa sus peores instintos. Memoria de pez, ok, pero siempre que sea piraña.

Julio Valdeón

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