Escucho al ministro de Sanidad, Salvador Illa. Baraja cerrar Madrid, intervenir la comunidad, colocar sacos terreros y enviar a la brigada aerotransportada. Hablamos del mismo Illa que en marzo había tolerado la astracanada de Vistalegre, los catastróficos partidos de la liga de fútbol, el uso masivo del transporte público y, en general, cuando ayudará a preservar la cuchipanda del 8-M. España fue una cámara de gas. Pero el despliegue cultural y las guerras políticas puntuaron mucho más alto que la salud del gentío. Poco después, con el país hundido en una fosa séptica, Illa permitirá que el vicepresidente, Pablo Iglesias, sabotee en Consejo de Ministros el despliegue asistencial del ejército: aunque el gobierno decretó el Estado de Alarma, y aunque Cataluña acumulaba 2.702 casos y el País Vasco 1.190 (las dos comunidades con más infectados por Covid-19 después de los 6.777 de Madrid), había que evitar por tierra, mar y aire la actuación de la Unidad Militar de Emergencias (UME) en lugares tan sensibles como el aeropuerto de Bilbao. Los militares fueron redirigidos a Cantabria, la región con menos contagios diagnosticados, apenas 83. Al final los nacionalistas lograron que la UME sólo apareciera en sus comunidades allí donde todavía existen/resisten infraestructuras del Estado. Huelga decir que la UME tampoco patrullaba con las funciones de autoridad otorgadas por el Estado de Alarma. Que ahora el ministro amenace con asaltar Madrid, mientras ciudades como Talavera (505 casos por cada 100.000 habitantes), Salamanca (504), Ciudad Real (497), Valladolid (483), Girona (474) o San Sebastián y Bilbao (por encima de los 400) también presentan cifras espeluznantes, sólo cabe explicarse porque la cuestión sanitaria le importa al ministro mucho menos que el agitprop. Illa, un hombre inteligente y educado, de trato fácil e ideas porosas, como corresponde a quien hizo de la política su único cabotaje profesional, gravita alrededor del partido. Carece de experiencia laboral más allá de la organización que paga minutas y alquileres. Cuando lo conocí, hace dos años, cenamos con más gente en Nueva York. Entonces dirigía las cañerías del PSC. Desde el ministerio persiste en los viejos tics del fontanero político. Los madrileños votan opciones no homologadas. Pero tranquilos: nuestro hombre piensa remediarlo.

Julio Valdeón

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