Carta abierta a David Simon

Estimado señor Simon,

Hace unos días debatimos sobre España. De inmediato su Twitter rebosaba de impresentables franquistas. Usted les respondió con higiénica ferocidad. Bravo. Aunque mejor no confundir a los españoles con esa pandilla de imbéciles; infinitamente más residual, por cierto, que los millones de estadounidenses que votan a favor del populismo de Donald Trump. Al que asumo que usted desprecia por su demagogia extremista y su odio al sistema demoliberal.

Quizá por eso, porque está alineado con la causa de la libertad y milita contra abstracciones tan reaccionarias como las patrias culturales excluyentes, duele tanto leerle que «ellos [los defensores del referéndum de autodeterminación] parecen dispuestos a contar los votos, si es que pueden votar. Sin duda, esa es una premisa democrática. A diferencia de, pongamos, movilizar a las brigadas marroquíes y atacar con ellas la capital». Y no crea que no entiendo la tentación de invocar el fantasma de 1936. Sobre todo dada la resistencia de muchas personas bienintencionadas a creer que la democracia española es homologable con la de cualquier país de Europa. Imagino que mucho más descansado que informarse y leer, o enterarse de qué puesto ocupa España en el Democracy Index del Economist (16 de un total de 167, por delante de Francia, Italia, Bélgica o, sí, EE.UU.), es ir por la vida armado con los tópicos del país heredero de la Inquisición, el odio y las pistolas. Sólo así se explica que todavía alguien sostenga, siguiendo el relato del nacionalismo, que la Guerra Civil fue algo así como un conflicto entre España y Cataluña. A veces siento que algunos amigos sólo nos quieren para disponer de un fascismo de atrezzo, que les permita ejercer como combatientes sobrevenidos en el Jarama. Las “brigadas marroquíes” suenan mucho más sugerentes que recordar que, según The Economist Intelligence Unit, España es una de las 22 “democracias plenas” del mundo. “Democracias plenas” significa “países en los que no sólo se respetan las libertades políticas básicas y las libertades civiles, sino que también tienden a estar respaldadas por una cultura política que tendente al florecimiento de la democracia. El funcionamiento del gobierno es satisfactorio. Los medios son independientes y diversos. Existe un sistema eficaz de controles y contrapesos. El poder judicial es independiente y las decisiones judiciales se hacen cumplir. En el funcionamiento de estas democracias los problemas son limitados”.

Usted escribe que no opina respecto a «lo que debería pasar entre Barcelona y Madrid». Pero que antes o después será inevitable votar. No entraré en la infantil distinción Barcelona vs. Madrid, que no son entes monolíticos. Aparte, Barcelona es una población tradicionalmente refractaria a las pretensiones secesionistas, mayoritarias en cambio en el medio rural y los pueblos y pequeñas ciudades del interior. O sea, como si Nueva York fuera la capital de Utah y ésta se empeñara en abandonar EE.UU. Por cierto, que la coalición que, ya en democracia, recicló a más alcaldes franquistas fue CiU, liderada por Jordi Pujol, líder histórico de la derecha nacionalista y ahora, coincidiendo con el descubrimiento de la fortuna que presuntamente robó, independentista. La ‘U’ corresponde a Unió Democràtica de Catalunya, el más beligerante partido antiabortista que ha habido en Catalunya. CIU ha mudado hoy en Junts Per Catalunya, la formación que preside Carles Puigdemont.

Comenta usted que está interesado en algo «más universal» que nuestras «cuestiones nacionales». Bien. Aunque no lo crea, nuestras «cuestiones nacionales» están relacionadas con fenómenos de alcance mundial. Por ejemplo el auge de los movimientos iliberales y el asalto contra los viejos principios de la democracia representativa. En el caso de EE.UU. mediante un trumpismo de pulsiones autocráticas. En España, con una ola nacionalista que aspira a convertir en extranjeros al 50% de los ciudadanos de Cataluña y al resto de españoles. Sin ningún motivo más allá del deseo de no convivir con sus vecinos: no hay ningún hipotético derecho o libertad que fuera a ganar un catalán en un país independiente que no disfrute ya como ciudadano español. Se trata del puro y simple deseo de rehuir la convivencia; es decir, xenofobia. En Cataluña no se busca la autodeterminación, sino la autosegregación: nada menos democrático.

Cataluña, es una de las regiones con mayor PIB de España. Bonito colonialismo, donde los colonizados son más ricos que la metrópolis. Se trata de un caso similar al de Italia, donde los neofascistas de la Lega Norde, de Bossi y Salvini, clamaban Roma ladrona. Un grito idéntico al de Espàña nos roba del nacionalismo catalán. Cualquier partidario de la sociedad abierta debería estar radicalmente en contra de instituir nuevas fronteras. No digamos cuando el argumento para justificarlas está anclado en una supuesta unanimidad cultural que impediría que los «distintos» vivan juntos. Son patrias nacidas de lo peor del romanticismo alemán, que tiran por la ventana cualquier veleidad igualitarista y explican que las fronteras son necesarias en nombre de las identidades. Para los nacionalistas catalanes son estas mismas identidades, y no el pacto heredero la Revolución Francesa, ni el legado de las revoluciones atlánticas ni, por supuesto, las ideas marxistas respecto a una comunidad de ciudadanos libres e iguales, las encargadas de fundar patrias.

Y mire, equiparar sin más voto y democracia es una falacia de libro. Una simplificación woke. No todo puede votarse. Si yo mañana pido un referéndum para aprobar la expulsión de Maryland de los EE.UU., el sufragio censitario por raza o la censura previa, los demócratas deben oponerse sin matices. Y para decidir sobre lo que es de todos no hay otro camino que consultar a todos. Aparte, en España es posible reformar la Constitución y hasta preguntar por la independencia de una porción del territorio. Pero no saltándose los mecanismos legales y/o imponiendo la voluntad de unos cuantos. Y el problema no siempre es el número: el gobernador de Alabama, el racista George Wallace, se hizo con el cargo en 1962 con el 96% de los votos y el compromiso de desobedecer la sentencia del Tribunal Supremo y perpetuar la segregación. Recuerde también el caso de Kennedy, que en Mississippi, cuando los políticos locales invocaron la soberanía del Estado y los votos de muchos de sus habitantes para no acatar las sentencias de los tribunales, habló de “un gobierno de leyes y no de hombres”, pues “ningún hombre, por prominente o poderoso que sea, y ninguna mafia por rebelde o populosa, tiene derecho a desafiar a un tribunal de justicia. Si este país llegara alguna vez al punto en que cualquier hombre o grupo de hombres por la fuerza o la amenaza de la fuerza pudiera desafiar las órdenes de nuestro tribunal y nuestra Constitución, entonces ninguna ley quedaría sin cuestionar, ningún juez estaría seguro de su mandato, y ningún ciudadano estaría a salvo de sus vecinos”. Recuerde que una de las versiones de la Pledge of Allegiance fue escrita por Francis Bellamy, no por casualidad un socialista, dice “I pledge allegiance to my Flag and to the Republic for which it stands, one nation, indivisible, with liberty and justice for all” (“Prometo lealtad a mi Bandera y a la República que representa. Una nación, indivisible, con libertad y justicia para todos.”). Añada que el lema completo de la Revolución Francesa, el de la tumba de Marat, es “Unité, Indivisibilité de la Republique, Liberté, Égalité, Fraternité” (“Unidad, indivisibilidad de la República, Libertad, Igualdad, Fraternidad”). Sin unidad no hay libertad, pues unos ciudadanos gozan de más derechos que otros. Y no hay reparto ni redistribución posible. Los ricos abandonan a los pobres y al final, ya sabe, “The poor stay poor, the rich get rich/ That’s how it goes/ Everybody knows…”.

Sería ciertamente xenófobo opinar que los españoles, congénitamente atrasados, no pueden disfrutar de lujos que, como el imperio de la ley, sólo estarían al alcance de países y gentes digamos, hum, superiores. Algo que parece derivarse de sus razonamientos, cuando con brutal frivolidad, propia de un “turista del ideal”, niega a los ciudadanos españoles la legitimidad para defender con la ley una democracia duramente ganada tras años de dictadura.

Permita que transcriba aquí unas palabras de Pujol. Refiriéndose a los inmigrantes andaluces que acudieron a trabajar a las fábricas de la burguesía racista que ahora reclama la independencia, el padre del nacionalismo catalán escribió que «El hombre andaluz no es un hombre coherente, es un hombre anárquico. Es un hombre destruido (…) Si por la fuerza del número llegase a dominar, sin haber superado su propia perplejidad, destruiría Cataluña. E introduciría su mentalidad anárquica y pobrísima, es decir, su falta de mentalidad». Años más tarde el actual presidente de la Generalidad, Quim Torra, escribirá que «están aquí, entre nosotros. Les repugna cualquier expresión de catalanidad. Es una fobia enfermiza. Hay algo freudiano en estas bestias. O un pequeño bache en su cadena de ADN (…) les rebota todo lo que no sea español y en castellano. Tienen nombre y apellidos las bestias. Todos conocemos alguna. Abundan las bestias. Viven, mueren y se multiplican».

Imagino que sabe que el castellano es el idioma materno del 55% de los catalanes, frente al 31,6% que tienen el catalán, y que sin embargo la escuela catalana ha apostado por un monolingüismo que imposibilita escolarizar en la lengua común de todos los catalanes…, el castellano, sí. También sabrá que las personas que en Cataluña tienen el castellano de lengua materna pertenecen a los sectores menos pudientes de la sociedad. Y que el apoyo porcentual a la independencia aumenta de forma proporcional a los ingresos anuales. El nacionalismo catalán, ese que gobierna desde hace casi medio siglo, acumula todas las palancas económicas y políticas, mientras que los hijos y nietos de la emigración, los «españolistas», ocupan el extrarradio de las ciudades y los puestos más bajos de la escala social. ¿No quería usted hablar de moral? ¿Le parecen suficientemente inmorales las palabras de Pujol y Torra? ¿Qué tal la inmoralidad de que una minoría pudiente, la minoría en el poder, lance por la borda a sus conciudadanos, más humildes?

Quiero creer que un hombre ilustrado como usted no comulga con la estupidez de que las lenguas consolidan una visión del mundo y de que a partir de esa lengua crearemos unidades de soberanía. Quiero pensar que le suena el caso “Texas v. White”, de 1869, por el que el Supremo de EE.UU. dictó que el Estado federal es “una unión indestructible de Estados indestructibles”. Quiero imaginar que no simpatiza con una gente que, como en el caso de Torra, rinde homenajes a los hermanos Miquel y Josep Badia, protonazis de los años treinta, torturadores y asesinos. Quiero creerlo, sí, pero sospecho que si España fuera Baltimore usted estaría bastante más cerca de trabajar para la ficción como jefe de prensa de Clay Davis que de pelear por la verdad, por el futuro y los derechos de la gente del gueto, como hizo en la maravillosa The wire.

Gracias por su atención,

Julio Valdeón

Julio Valdeón

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