Suenan canciones de rock and roll en Moncloa. Vuelan sones multicolores en un cielo de culebrinas de pólvora y pájaros de fuego. Hay moción de censura a la vista y la tripulación jalea el éxito de un enemigo obsesionado con mantenerla viva. Lo hemos contado antes. Lo volveremos a escribir. No hay mejor amigo del populismo de izquierdas que el populismo de derechas. Los reaccionarios firman la guerra cuando declaran la paz y viceversa. El latido del enemigo inyecta adrenalina en sus filas. Justifica todos los pliegues y moviliza al electorado. Saca lustre a los seductores escudos con que los senadores del odio, vampiros del y tú más, porqueros iliberales, protegen su averiada retórica. Cuando Vox anuncia moción de censura para septiembre, lejos de temblar o buscar empleo, los ruiseñores de Iván Redondo, los ebanistas del nacionalismo, los partidarios de Carl Schmitt y el Derecho de tibia inspiración nacionalsocialista, palmeros todos de la democracia concebida como trinchera y la política agonística, hacen cabriolas, saludan en los balcones, abrazan a sus gatos y embalsaman el mejor champán con frío sudario de hielos. Toca celebrar la insistencia de los de Santiago Abascal en perpetuarlos como soldados de fortuna contra la barbarie. Qué más quieren los odiadores de la aburridísima paz burguesa que encontrar un capataz a la altura de sus mejores fantasías. Un fantasma capaz de resucitar el pútrido zapaterismo y su cínico arrebato contra las extremas derechas. Un ectoplasma de correaje metafórico, adobado de cantos a la tauromaquia y el universo cinegético, macho alfa de los miedos veganos, frente al que contraprogramar a todo placer las apoteósicas virtudes de sus concentrados zumos progres. No olvidemos que la pandémica podemia soñó con asaltar los cielos gracias a la gran crisis financiera de 2008, que sirve en bandeja de plata bruñida su relato del monstruo de la casta unido contra nosotros, el pueblo, los de abajo, los curritos y los parias, los olvidados, los muertos de risa, los jornaleros del gran capital, los prófugos del hambre, los labradores de la miseria, los excluidos, los canis, los hundidos y aserejé, ja deje tejebe tude jebere. Cada vez que Vox promete jaleo, trinchera y manifestaciones rompe a aplaudir un asesor áulico de Sánchez y brotan otros trescientos manifiestos contra la ultra/ultra/ultra/ultraderecha. ¿Qué dirán los historiadores del futuro cuando juzguen el proceder de una derecha como vaca sin cencerro? Entre otras cosas que resulta complicado encontrar unos estrategas más torpes. El PSOE sanchista, el PSOE podemizado, vive, vuela y respira merced a las nutrientes transfusiones de ultratumba y proteína ideológica que le procuran los cabestros del otro lado. La vía directa, la vía rápida, la vía que no deja vía sin taponar ni verdad del barquero sin cantar por bulerías, llena de ruido la conversación pública. Agita el avispero. Facilita que los conjurados contra el progreso junten sus manos en posición orante. Si Pedro Sánchez no contase con las bendiciones de una voxemia irredimible en su ansia por mantenerlo tendría que inventarla. Como saben todos los politólogos al servicio del show no hay líder carismático sin un malo a la altura ni césar visionario que sobreviva el contacto de unos rivales políticos convencionales. Teníamos poco con Podemos y llegó Vox para rematarnos. De todas nuestras ocupaciones más letales ninguna más estúpida que la de fomentar el auge del extremismo con extintores trufados de líquido inflamable. Vox habla de retratar a los blandos. A lo sumo logrará la siempre discutible honra de que un Pablo Iglesias, Berlusconi malva, lo bendiga como oración a sus plegarias.

Julio Valdeón

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