Leí como todos las acusaciones contra el rockero Enrique Bunbury. Las denuncias de versos ajenos incrustadas en sus canciones. Una costumbre inveterada en los dominios de la música popular. Quien dude puede estudiar la (fastuosa) obra del premio Nobel, Bob Dylan. Por citar a un recién llegado. En el caso de Bunbury hablaron de quinientos versos en treinta y pico canciones. De los varios cientos de rolas que habrá escrito y grabado. Dice Jon Parales, veterano crítico del New York Times, que «el artista absolutamente original es una criatura extremadamente rara y posiblemente imaginaria, que vive en un hábitat aislado donde ninguna obra o tradición anterior ha dejado ninguna impresión». Dylan toma de Woody Guthrie como Guthrie saquea a la Carter Family y antes A.P. Carter recorre en compañía de su amigo Lesley Riddle los barracones, chozas e iglesias de los montes Apalaches en busca de canciones. Abandono en manos de los empaladores sordos la tarea de despotricar contra un creador, Bunbury, del que todo lo ignoran. Del que opinan con esa facilidad de barbero esquinado o taxista plomo que distingue a los intelectuales españoles cuando les da por hacer el ridículo largando de un negociado, el rock and roll, del que nada saben. Aunque como entomólogo de la miseria me interesa la exhibición de mala hostia, la terca insistencia en el insulto contra alguien que debiera de ser admirado y querido como el gran mito que es. Nuestra única gran estrella del rock internacional, con permiso de Joaquín Sabina, que juega en otros pastos. Bunbury tiene un buen puñado de discos memorables, obras maestras entre las que puedo citar Pequeño, Flamingos, El viaje a ninguna parte, Hellville de Luxe y Las consecuencias. Lucen unos arreglos y unas producciones deslumbrantes. Nada que envidiar a la áspera orfebrería que despliega un Joe Henry. Bunbury carece de los habituales complejos a la hora de encarar sus influencias. Lo mismo sale por Tom Waits que por Celentano, Solomon Burke o José Alfredo Jiménez. Conoce la tradición con el aplomo de quien lleva el mapa del tesoro tatuado en el disco duro. Cuando casi todos sus colegas, durante los años de la postmovida, acumulaban bolos veraniegos, generosamente pagados por los ayuntamientos españoles, el zaragozano, primero con Héroes del Silencio y luego en solitario, se pateó los garitos y salas de Alemania, primero, y más tarde de México D.F., Los Ángeles, Bogotá, Nueva York, Lima y etc. Picó piedra y a la vuelta de varios años era una estrella global. Esas ganas de viajar donde nadie sabe de ti y apostarse la femoral lo une, de nuevo, con Sabina. Un Joaquín del que los muertos de asco también acostumbran a despotricar. Y del que por supuesto sólo analizan los versos porque es lo propio de una cultura libresca que nunca entendió la sístole de las canciones. De ahí que cuando algunos alaban la grandeza de Sabina, lejos de analizar su música, o el todo que conforman música y letras, apenas vayan más allá del párvulo comentario de texto. Ahora pretenden despachar a Bunbury porque mete versos de Panero y odian a Dylan por hacer lo propio con Junichi Saga, Scott Fitzgerald, Robert Burns o Virgilio. Richard F. Thomas, profesor de clásicas en Harvard, director de la Vergilian Society of America, editor de Harvard studies in classical philology y que desde 2004 enseña un seminario en la facultad sobre Dylan, preguntaba «¿A quién pertenece el blues de todos modos? Las canciones de blues, como las canciones populares, son parte de una corriente, y localizar las continuidades y los robos es parte de lo que le da sentido y complejidad». Ya saben que según T.S. Eliot «Los poetas inmaduros imitan; los poetas maduros roban; los poetas malos desfiguran lo que toman, y los buenos poetas lo convierten en algo mejor, o al menos en algo diferente».Christopher Ricks, uno de los grandes expertos mundiales en Keats, Milton, Beckett y Tennyson, autor de Dylan’s visions of sin, ha escrito mucho y bien sobre la capacidad dylanita para ensamblar préstamos en un conjunto que siempre dice mucho más que la feble suma de sus tristes partes. Igual que otra eminencia, Sean Wilentz, autor de Bob Dylan´s in America, ha reflexionado sobre la diferencia entre apropiarse de una obra ajena por la cara y usar fragmentos para incluirlos, recombinados, en un collage que, en el caso del trasvase de la obra literaria a la música, supone también un salto entre artes complementarias, no iguales. Hasta el punto de que las grandes canciones no funcionan despojadas de la melodía y la interpretación, clavaditas como mariposas en los yermos del folio. Los artistas hablan con los difuntos y «reaccionan a lo que ofrecen la cultura y la historia sin pretender que no existan. Admiración e iconoclasia, argumento y extensión, emulación y burla: así es como los artistas individuales y las artes mismas evolucionan» (Parales). Nosotros, pájaros de mal agüero, somos profesionales de las ejecuciones y el homenaje póstumo. El talento y el éxito puntúan mal en un país abonado a la guindilla. Bunbury, entre tanto, ya tiene nuevo disco. Bravo.

Julio Valdeón

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