El escritor Juan Soto Ivars me comentó que había elaborado junto al también escritor, y cirujano, Antonio Sitges-Serra, valientes, un escrito en defensa de la libertad. Un manifiesto de apoyo al manifiesto publicado en Harper´s. Donde figuras destacadas del ámbito anglosajón, de Salman Rushdie a Steve Pinker y Wynton Marsalis, pedían la voz y la palabra por el libre intercambio de ideas, la razón y el progreso. Me sumé entusiasmado. Y opino que el listado de nombres reunidos, de Mario Vargas Llosa a Mercedes Monmany, Guillem Martínez, Fernando Savater, Juan Cruz, Luis Alberto de Cuenca, Adela Cortina, Miguel Ángel Aguilar, Óscar Tusquets, Teodoro León Gross, Sabino Méndez, Manuel Toscano, José María Merino y Diego A. Manrique, dice mucho, y bien, de la salud del ecosistema mediático y académico español. Tantas veces sentenciado por los siniestros. Esos que todo lo ven apocalíptico. También sorprende, un poco, el tibio listado de ausencias. Imagino que algunos de los que no están consideran que el papel se queda corto, bien en su versión hispana bien en su encarnación anglosajona. Les entiendo. Yo mismo creo que hablar de los «excesos» del #MeToo, ese tiro de gracia al Estado de Derecho y la presunción de inocencia, resulta, digamos, piadoso. No olvido a los que también pelean a diario en aulas y periódicos, tan comprometidos como el que más, y que sin embargo manifiestan un legítimo hartazgo ante la epidemia de manifiestos. Luego ya siguen, y en otra galaxia bastante lejana, en un plano ético muy distinto a los anteriormente citados, los contrarios al espíritu de este manifiesto. O sea, convencidos de que resulta legítimo cancelar a los que piensan distinto. Distinto a ellos, se sobreentiende, pues gozan del monopolio de la verdad y saben mejor que nadie, divinos, qué nos conviene. Añadan de coda a los que no quieren figurar al lado de alguien, sectarios míos, y a los que por miedo al qué dirán reman en otra dirección y eligen hacer mutis. Estos últimos, y los guardianes de la ortodoxia woke, son la caballería en lengua española de la pesadilla que asola los campus universitarios, las redacciones de los periódicos, los comités de lectura de las editoriales, los consejos de las revistas, las mesas de novedades de las librerías y el catálogo de los suplementos culturales en Estados Unidos. Yermos abrasados por los cancerberos de la pureza. Benditos sean, porque suyas serán las subvenciones, los premios, los aplausos. Al resto nos tocará releer la obra de los muertos, cancelados ya de forma inapelable y, por eso mismo, libres ya del látigo de los censores. Tambiém buscaremos la obra de autores prohibidos como quien compra jaco. Será triste y axfisiante. Será divertido. Será la única forma de seguir respirando mientras impera el mejunje del pensamiento homeopático y mientras reina la papilla del arte concebido como herramienta forjada para el cambio social o, cuando menos, para la siempre lucrativa propaganda. Bienvenidos al desierto. Bienvenidos a las catacumbas.

Julio Valdeón

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