El presidente de EE.UU. ha posado finalmente con una máscara. Ha escuchado a sus consejeros, él que siempre presumía de navegar contracorriente. Cinco minutos antes de que sea decapitado el comité de asesores científicos lo ha convencido para que cubra su rostro. Durante cuatro meses de epidemia Donald Trump combinó una imágen de hombre intrépido con una cohorte de médicos y enfermeros atentos a evitarle contactos con el virus. Habitaba un espacio hiperhigienzado. Incluso se puso hasta el culo de hidroxicloroquina. De puertas a fuera simulaba ignorar las medidas de profilaxis. Sólo contaba el redito político, la guerra de propaganda, la arena pública como un juego suicida donde unos rompen la banca y otros lo pierden todo. Fiel a su idea agonista de la política y a su agudo sentido del espectáculo, las recomendaciones de la OMS, Antohny Fauci y el resto servían para plantear la alerta sanitaria como una guerra cultural. Otra más. Trump sería Juana de Arco rubia en guerra por los derechos civiles. Las mascarillas nos oprimen. El confinamiento es cientificismo totalitario. Etc. Por supuesto todo fue un velo de humo para disminular su responsabilidad en la ruina económica. Llegó tarde al cierre, y no fue el único, a pesar de que proliferaron las bengalas de alerta. Ahora estrena la mascarilla porque el Covid-19 rompe récords en Florida, Arizona, Texas y otros Estados tradicionalmente republicanos. Cuando en Brooklyn caíamos como moscas y había decenas de camiones frigoríficos a la puerta de los hospitales no fue tan empático. El comandante en jefe tiene reflejos de sociópata. Como buen narciso, rey de la triada oscura, no llora sino por sus ganancias.

Julio Valdeón

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