En mitad de la juerga de la mordaza y los insultos en nombre de los grandes conjuros, un trueno de luz, inteligencia y buen gusto para animar el día: Woody Allen abrirá el festival de San Sebastián con su nueva película, Rifkin’s festivals. Que a estas alturas del juego, y con no menos de 15 obras maestras en el currículum, nadie espera ya que sea el equivalente de Annie Hall, Manhattan, Días de radio, Broadway Danny Rose, Zelig, La rosa púrpura del Cairo, Hannah y sus hermanas, Delitos y faltas, Maridos y mujeres, Balas sobre Broadway, Misterioso asesinato en Manhattan, Match point, Poderosa Afrodita o Deconstruyendo a Harry. De hecho muchos nos conformamos con que esté a la altura clásicos menores, pero deliciosos, como Todo el mundo dice I love you, La maldición del escorpión de Jade o Midnight in Paris. E incluso si no fuera nada más que la enésima carta desde el destierro con la que un Woody definitivamente envejecido se despide, si estuviéramos ante el último o penúltimo ejemplo de un arte que apenas late ya con una llama azul y exigua, pálido reflejo del genio monumental que fue, aunque solo sea por aplaudirle otra vez, habrá merecido la pena. Rodada en España, financiada por Mediapro y protagonizada por Elena Anaya, Louis Garrel y Gina Gershon, a los que los amantes de la libertad deberían de ir considerando la posibilidad de rendir los merecidos honores, la cinta, según la sinopsis publicada, trata de «una pareja estadounidense casada que va al festival de San Sebastián y queda atrapado en la magia del evento, la belleza y el encanto de la ciudad y la fantasía de las películas. Ella tiene una aventura con un brillante director de cine francés, y él se enamora de una hermosa mujer española que vive allí». Puro Woody Allen. Cualquier cosa puede salir de ahí. Los lugares comunes, incluidos los acuñados en su propio cine, son los materiales de los que ha nutrido muchas de sus grandes películas. A fin de cuentas el amor, el desamor, el deseo, los celos, la seducción y el olvido no son sino canciones una y mil veces repetidas desde que el mundo es mundo. Importa el cantor. Cuentan el cómo y el fraseo, la intencion y el estilo, la forma de tocar y decir. En el caso de Allen hablamos de alguien que hace unas semanas publicó sus memorias, la magistral A propósito de nada, saludada por el Washington Post con el siguiente titular: «Si se ha quedado sin papel higiénico, las memorias de Woody Allen también están hechas de papel». Fremte a los loritos del odio, enfrentados a la chusca repetición de infamias, toca llenar los cines, una y mil veces, y volver a brindar, y volver a reír, y a llorar, con las historias de un genio a su pesar, negativo del genio románico, antihéroe consciente de lo ridículo que es todo, y convencido de que más que en el corazón y la memoria de sus seguidores preferiría seguir viviendo en su apartamento. Ante la evidencia de que el final se acerca, y de que es posible que el universo se expanda pero de aquí no sale nadie, sólo pide que sus cenizas sean esparcidas junto una farmacia. Demasiado talento, demasiada elegancia, demasiada finura, cachondeo e ingenio como para ser tolerado por las atroces hordas neo puritanas.

Julio Valdeón

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