Ciudadanos votará a favor del llamado «plan de normalización lingüística» en Gijón. Suena tolerable. Una concesión a mayor gloria del obligatorio pellizco de populismo que exige de sus profesionales la democracia liberal. Pero sólo porque en España hemos disfrazado de solución «centrista» el sometimiento al disparate xenófobo y la compra/venta de la supervivencia política a cambio de perpetuar los chiringos herderianos. Son las mismas razones que sirven para entender que un líder del centroderecha como Feijóo juegue y gane rebozado en la más infecta parla localista. Galicia, Galicia, Galicia, susurra el muy cuco. Invoca los peores espectros. Bebe del caño emocional de otros caudillos tribales. En el caso de Ciudadanos la jugada pasa porque el bable, dialectos, opere en los carteles municipales, fifty/fity, y en caso de duda que resuelvan los comisarios políticos de la oficina de normalización lingüística. Que a saber qué demonios es. Pero luce fatal. A tanqueta censora. A cableado maoísta. A oscuras nostalgias por las revoluciones culturales. Detrás suena, y resuena, la construcción de la enésima frontera entre españoles. La creación de nuevas trabas a la igualdad de oportunidades. Camufladas mediante delirios del tipo de conceder derechos a las lenguas y privilegiar los territorios, y sus teóricas señas de identidad, frente al gentío tomado de uno en uno. Con la gatada asturiana un Ciudadanos agónico abraza el credo que vino a combatir. No le queda sino cortarse las venas antes de que lo hagamos nosotros. Aunque no crean, uno comprende la deriva. Ahí fuera sopla un viento helado. Tocaba garantizarse el sueldo. Cuesta más empatizar con la penosa sumisión del PP gallego al frame nacionalista. Entendido como marco y ecosistema ineludible por el que debe circular la política española. Habida cuenta de la empanada de la izquierda mainstream, incapaz de entender hasta qué punto el sintagma «normalización lingüística» suena fascista, y teniendo en cuenta que Vox, nacionalismo en vena, no sirve sino como figura especular del mismo monstruo, nuestra esperanza, tenue, puro esqueleto, descontada la bella quimera que pudo representar Valls, resta en los hombros de alguna popperiana todavía activa en el parlamento nacional, penúltima mohicana de la razón en marcha frente al triunfo del mito y los dulces peritos en luna del chatarreo romántico. Si usted cree en las naciones fragmentadas con arreglo a cuentos/cuentas etnolingüísticos, y si detesta la tradición de las revoluciones liberales, enhorabuena. De lo contrario dese por jodido.

Julio Valdeón

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