Arden las redes porque el otro día, donde Un Tío Blanco Hetero, dije que Donald Trump es un sinvergüenza. Me quedé corto. Trump anunció su candidatura a las primarias con un discurso que era una mala copia de algún subproducto de Steven Seagal. El hijo de un agente inmobiliario millonario, que escapó de Vietnam gracias a un parte médico, recalificador compulsivo, inversor en casinos que arruinaba, insinuó que el padre de un rival, Ted Cruz, estuvo relacionado con Lee Harvey Oswald y uh, uh, uh. Atrás queda su enloquecida promesa de expulsar a once millones de inmigrantes y de levantar un muro visible desde el espacio. El defensor de torturar a los sospechosos de terrorismo, admirador de Vladimir Putin, lloró por las fotos que demostraban que a su inauguración fue menos gente que a la de Barack Obama, al que acusaba de no haber nacido en EE.UU. Sostenía que podría disparar a un peatón en la Quinta Avenida y aún así ganar las elecciones, ha coqueteado con los antivacunas y en mitad de la mayor crisis de los últimos años asume un discurso regado en queroseno con la única intención de favorecer sus ganancias electorales. Su facilidad para injuriar e insultar a los héroes militares, de John McCain al general Jim Mattis, es digna del mejor antisistema. Cuando recomienda beber lejía y sugiere baños de luz ultravioleta en las vísceras para curar el Covid-19 apetece ponerle un bozal. No todo en su periplo fue indecente. Heredó una economía que iba como un tiro y mantuvo el rumbo… hasta la hecatombe derivada de la pandemia. También sentó a negociar a China. Pero la gestión del virus ha sido un desastre. Como funcionamos en un damero binario muchos de los que critican la (catastrófica) gobernanza de un oportunista como Pedro Sánchez son incapaces de reconocer la calamitosa disrupción que ha supuesto Trump. En mi opinión nada describe mejor su metal raquítico, su anemia moral, que cuando en 1989, con Nueva York conmocionada por la violación de una joven blanca en Central Park, va el tío y publica un anuncio de 600 palabras en el New York Times pidiendo la pena de muerte. Cuatro menores de edad fueron condenados a entre 5 y 10 años de cárcel. Otro joven, de 16 años, clasificado como adulto, cumplió 13 años. En 2002 la policía detuvo al culpable del crimen. Los jóvenes fueron absueltos y, en 2014, indemnizados. Cuando a Trump le preguntaron por los 5 de Central Park sólo le faltó despachar a sus críticos con la figura del capitán a posteriori. Créanme. Es Iglesias y es Sánchez, 2×1, pirómano y fraude. En rubio.

Julio Valdeón

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