El racismo ceba el acuífero de América. La psique de EE.UU. mumura envenenada desde la fundación del país. Los peregrinos trajeron los esclavos para trabajar en los algodonales. Unos africanos bajo el látigo levantaron la Casa Blanca. El jazz mana de esa rosa de sangre que fue Nueva Orleans. EE.UU. creció a costa de las poblaciones originales, masacradas en un genocidio que hoy tapan bajo el demonio de Cristóbal Colón y el sortilegio de 1492. Pero decir hoy que el racismo en las instituciones es estructural, o sea, fundamental, basilar, primario, como si los Estados Unidos de 2020 fuesen los de los Freedom Riders de 1961, o como si escribiéramos sobre el apartheid basado en el baasskap (supremacía blanca) y el delirio afrikáner, resulta tan inexacto como injusto. El extremismo noveliza la realidad y convierte los análisis en material inservible. Otra cosa es que el sistema penal, catastrófico por muchas y bien conocidas razones, esté inevitablemente sesgado contra las minorías raciales y que la lucha de clases explique también que resulta mucho más posible darte de bruces y tener problemas con la pasma en West Baltimore que en un restaurante asomado a Central Park. El sueño del ascensor social hace aguas desde finales de los setenta. A la ecuación cabe añadir el problema con las pistolas y los subfusiles y las armas de asalto, amparados sus propietarios por unas leyes antediluvianas, más aptas para protagonizar un remedo de La diligencia o protagonizar una fantasía de supervivencia en la taiga de Alaska que para convivir en una megaurbe del siglo XXI. La obscena permisividad con las armas de fuego explica unas cifras de violencia dignas de la Caracas de Maduro o el Brasil de los escuadrones de la muerte. La evidencia de que el fulano al que paras en un semáforo puede llevar en la riñonera una pipa apta para cazar elefantes enerva a los agentes y hace que paseen por las calles de América como si estuvieran en Normandía. Cada fusil es un ojo y viceversa. Tampoco ayudan los tribunales, que acostumbran a fallar en favor de los policías, ni el corporativismo de los cuerpos, que a menudo han salvado el culo de las manzanas prohibidas. El sistema federal impide tomar medidas globales, con lo que todo queda en manos de gobernadores y alcaldes, parlamentos regionales y funcionarios locales. Pretender lo contrario, coartar la libertad de estatal, aunque necesario, pondría al país en un escenario imposible, cercano al de la Guerra de Secesión. Pero no es cierto que sigamos igual que en tiempos de George Wallace, aquel gobernador racista que amenazaba con impedir que los muchachos negros fueran a la universidad. Aunque parezca que han pasado milenios hace 12 años ganó las elecciones Barack Obama, que comparado con el tipo que hoy gobierna luce como una combinación de Gregory Peck y James Baldwin. Cuando Obama ganó en 2008 yo vivía en Harlem y supe de la noticia mientras bebía un whisky en un garito de jazz que fue propiedad de un músico de la orquesta de Duke Ellington. Celebramos hasta las mil y bailamos al son Sam Cooke y A change is gonna come. Hoy como hace décadas todavía acechan las serpientes del odio, pero el progreso es evidente. No volverán los días del KKK. Aunque escuchando a Trump me pregunto qué pensarían de semejante pirómano Kennedy y Lyndon B. Johnson.

Julio Valdeón

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