La revista musical Rockdelux, en adelante Rdl, que cierra, fue un empecinamiento lamentable contra gigantes como Sabina o Aute y un apoyo emocionante a la vanguardia del Nuevo Flamenco. Con Rdl aprendimos a amar a Pet Shop Boys sin llegar a querer a aquellos grupos de Malasaña que cantaban en un inglés de chichinabo. Con Rdl gozamos de especiales sobre Nick Cave y flipamos cada vez que sostenían que Daniel Johnston era lo más grande que le había sucedido al siglo XX desde Joyce y Stravinsky. Con Rdl descubrimos el rap, que ahí sigue, y el trip hop, que apenas dejó tres grupos y cinco discos, y a Björk y a PJ Harvey, reinas. Con Rdl discutimos cada vez que daban la chapa con el techno y nos divorciamos en favor de revistas como la insobornable Ruta 66 y la naciente Efe Eme, infinitamente más generosa y desprejuiciada. A los redactores de Rdl les habría gustado ser naturales de Detroit, no de Cornellà de Llobregat. De ahí que Serrat o Los Rodríguez estuvieran proscritos en sus páginas. En Detroit nadie sabe dónde cae el Mediterráneo. O que en la lista con los mejores discos nacionales de 1997 hubiera sitio para el “Pocket Horror Symphony” de Telefilme, el “Recicla-ho” de An Der Beat y el “Fi qasr sheikh al-dabant” de Beef, pero no para “Alta suciedad” de Andrés Calamaro, “Iros todos a tomar por culo” de Extremoduro, “Compañeros de viaje” de Loquillo, “Radical sonora” de Bunbury; tampoco para interesarse por fenómenos socioculturales del calibre de “Más” de Alejandro Sanz y “Palabra de mujer” de Mónica Naranjo, también ambos cosecha del 97. Rdl fue un milagro y una inveterada manía por confundir las obsesiones domésticas con el perímetro del mundo. Más esa querencia, tan gauche divine, de ponerse sublimes sin interrupción. Demasiada información, demasiadas devociones y cabreos. Rdl fue imponente y mezquina, revolucionaria y un pelín demente. Fue una epopeya con años de gloria, más el pecado cancerígeno, a la postre letal por cuanto la condenaba a la irrelevancia, de no interesarse por la cultura y los artistas de tu propio entorno. Dice un amigo que los de Rdl fueron unos esnobs. Rdl fue importante, pero menos de lo que soñaban sus capos. Mantener viva una revista de música es un empeño casi suicida. Cualquiera que lo consiga, no digamos ya a ese nivel, cuenta con mi agradecimiento y admiración. Luces y sombras, y al final Chau, no va mas…!

Julio Valdeón

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