Me reprocha un amigo que ejerza de pitoniso o agorero cuando pronosticó que no habrá conciertos en otoño. Ni en la primavera o el verano del 2021. Posiblemente tampoco en otoño. Intento explicarle que no intento atar una soga al cuello de la gente, pero tampoco me saco las conclusiones del pijo. No soy epidemiólogo. Pero tampoco coach o psicólogo, ni publicista al servicio de un político. No aspiro a cobrar de un partido o un ministerio. Aborrezco del sensacionalismo; también del periodismo activista, blandiblú y purpurina redactados o escritos, servidos, como un ocioso lujo al servicio del buen humor y el buen rollo. De ahí que, mal que bien, me apoyo, lo intento, en lo que escriben los científicos. Consulto publicaciones como Science, el New England Journal of Medicine, Stat, etc., y las webs del MIT, Columbia, el Imperial, etc. Sus predicciones, no adivinaciones, ojo, dibujan un futuro inquietante. Estamos en la oscuridad. No la caverna platónica de la que tanto cacarean los vendeburras metafísicos y otros ensayistas patafísicos. En la penumbra inevitable cuando una enfermedad apenas tiene 5 meses y no hay estudios previos. Que nadie descarte un súbito avance. Un golpe de luz en la ruleta. Un fogonazo de buena suerte fruto de la colaboración de miles de investigadores y cientos de laboratorios y universidades. También sufrimos una avalancha de “junk science”. Entre otras cosas debido a que muchos “papers”, a fin de agilizar la lucha contra la enfermedad, compartir conocimiento, etc., se están publicando sin pasar antes por las revisiones por pares, atentas a medir la calidad, factibilidad y rigurosidad. Para teclear que no habrá conciertos, que el turismo agoniza, que las aerolíneas respiran agónicas, igual que la restauración y los bares, los teatros y la escuela, los hoteles, etc. para barruntar que las perspectivas son azul oscuro tirando a negro petróleo, tiro del Imperial College, Harvard, Columbia, etc. No de unas agencias de brujos o una pandilla de adoradores zoroástricos. Mucho menos de las ruedas de prensa del cosmonauta patoso o el virólogo que el 7 de marzo animaba a acudir a las manifestaciones. Tampoco de lo que pueda decir la vicepresidente Carmen Calvo. Esa a la que un periodista preguntó qué le diría a las mujeres que dudaban si sumarse a las concentraciones del 8-M. Suprema folklórica, respondió «Que le va la vida, que le va su vida». Dejemos a las profesionales del horóscopo. Atiendan a esto que acaba de publicar la revista Science, firmado por un equipo dirigido por Stephen M. Kissler, del departamento de Inmunología y Enfermedades Infecciosas de la Universidad de Harvard: «Es posible que se requiera un distanciamiento intermitente hasta 2022, a menos que la capacidad de atención crítica se incremente sustancialmente o se disponga de un tratamiento o vacuna». Aunque los autores admiten que el «distanciamiento prolongado», sea o no intermitente, tiene «consecuencias económicas, sociales y educativas profundamente negativas», aclaran que su «objetivo al modelar tales políticas no es respaldarlas, sino identificar las trayectorias probables de la epidemia bajo enfoques alternativos, identificar intervenciones complementarias como expandir la capacidad de la UCI e identificar tratamientos para reducir la demanda sobre las UCI y estimular ideas innovadoras a fin de expandir la lista de opciones para controlar la pandemia a largo plazo». No dicen que haya que reabrir. No firman con Trump tuits para liberar Virginia. No niegan que sería deseable trasegar un bloody mary en buena compañía y las mejores barrras. Hacen lo suyo, con mejor o peor puntería, con todas las limitaciones imaginables, lejos de la farfolla de los especialistas en masajear el espíritu y facturar lemas y masturbar estados de ánimo. A diferencia de ese presidente español en sus superficiales misas laicas de cada fin de semana los virólogos de Harvard no «toman una posición sobre la conveniencia de estos escenarios dada la carga económica que puede provocar el distanciamiento sostenido». Como mucho atienden «a las consecuencias potencialmente catastróficas sobre el sistema de salud pronosticadas si el distanciamiento es poco efectivo y/o no se mantiene durante el tiempo suficiente». Lo explicó a The Atlantic su colega Michael Mina, también epidemiólogo e inmunólogo de Harvard. «Si sólo del 1% al 5% de la población ha sido infectada, y este es el rango que muchos investigadores consideran como más probable, estamos ante un virus realmente devastador, no hemos acumulado una inmunidad real de la población y nos encontramos ante una situación desesperada». Incluso siendo bastante optimistas, añadía, «un retorno rápido y completo a la normalidad sería desaconsejado». Por rematar con David Wallace Wells en New York Magazine, EE.UU, en el mejor escenario imaginable, habría pasado apenas una duodécima parte de la epidemia. Oues si se hubiera contagiado el 5% de la población estaríamos ante un número «diez veces mayor que el número de casos conocidos», esto es, certificados como positivos por un laboratorio homologado. Unas cifras «en línea de las encuestas serológicas a gran escala realizadas en Holanda, donde el 3% de la población tenía anticuerpos». Proyecciones similares para el Reino Unido arrojan un 5% o 6% de la población contagiada. Para lograr la inmunidad de grupo o rebaño necesitamos que el total de habitantes expuestos a la enfermedad esté entre el 60% y 80%. Y apenas fueron necesario ese 5% o 6%, en el mejor escenario, para colapsar las redes sanitarias de ciudades como Nueva York, que cuenta con miles de camas hospitalarias. Y ahora, si me permiten, corto y cierro hasta mañana. Me espera Max con una espada de plástico. Tenemos que salir a cazar monstruos, tirotear virus y aniquilar fantasmas. Tenemos que jugar o acabaremos locos.
