Las muertes en Nueva York caen por vez primera en varias semanas. El dato, adelantado por Cuomo, se encuentra entre la rama de olivo en el pico de una paloma, en mitad del diluvio, y la necesidad que todos tenemos para seguir resistiendo. Lo recibo con fiebre en el folio. Trémolo de aullidos en las redes sociales. Hace unos minutos, por Whatsaap, alguien a quien quiero me envió un mensaje. A cuenta de Resistiré. El extraordinario himno de resiliencia/resistencia del Dúo Dinámico. «Sobre Resistiré», reza, «no sea que nos pase como con Bella ciao, himno de la resistencia antifascista. El Dúo Dinámico no hizo la letra de Resistiré, sino Carlos Toro, hijo de Carlos Toro Gallego, condenado a muerte por la dictadura franquista, 17 años en cárcel. Militante del PCE. Toro escribió este tema para su padre encarcelado para que resistiera contra el Fascismo, de ahí está letra. Acuérdate cada vez que la cantes». Respondo melancólico. Pregunto si la obra plantearía algún tipo de problemas de carecer de pedigrí partisano. Si existen contratiempos o taras con el Dúo Dinámico, una de las grandes formaciones de la historia del pop, de aquí y de fuera. O si la gente sale a los balcones a cantar Resistiré como homenaje a la valiente historia del maquis, la gloriosa lucha de Nelson Mandela y el CNA contra el apartheid o la heroica resistencia del pueblo soviético en Stalingrado. Mi interlocutor responde que Bella ciao fue reciclada por más de un seminarista con guitarra de palo. Ajá, ¿y? ¿Cuál era el problema? ¿No podían cantarla? ¿Por qué? Insiste en que soy la única persona a la que ha enviado el mensaje que ha planteado reparos. Considera que estoy un poco obsesionado. Ok. Estoy obsesionado. Me angustia la obcecación por cabalgar la ira. Me atormenta el empeño de establecer perímetros morales. Respondo que el problema es que el Dúo Dinámico ha cedido Resistiré a la Comunidad de Madrid. Su gesto, admirable, ha desencadenado una campaña de la que resulta fácil deducir que la canción está vedada a según qué personas. No son dignos para cantarla. Corrompen las teóricas intenciones del autor. El subtexto es feo y obsceno como un dardo de heces: la comunidad de Madrid está gobernada por fascistas y los fascistas no pueden apropiarse de una supuesta canción antifascista. Me pregunto si esta gente, estos antifascistas de cartón piedra, felices partisanos posmodernos, han visto un fascista alguna vez en su vida. ¿Distinguen un fascista de un pingüino? Cuando Pedro Almodóvar usó Resistiré para que la gritasen Antonio Banderas, Victoria Abril y Loles León en el final de Átame nadie le dijo al manchego que muy mal por frivolizar con la canción. Que la cosa iba de romper el cerco de Leningrado. Que en los labios de unos amantes pervertía su roja llamarada de antifascismo muy puro e irrompible, la osamenta de himno revolucionario. Nadie lo dijo porque en aquellos días, mal que bien, todavía subsistía el sentido del ridículo. Daban bastante alipori según qué paridas. Y lo del antifranquismo, uh… Aunque el autor escribiera animado con ese mensaje se cuidó mucho de hacerlo explícito. Hasta el punto de que si la gente no saliera con estos rollos nadie lo habría sospechado nunca. La canción ha sido asumida mundialmente como un canto de resistencia. Universal. Multiusos. Su vaguedad es su precisión y por la benevolencia y el altruismo se salva y nos salva del bodrio panfletario. Escribir sobre Bella ciao, afirmar que estuvo muy mal lo de Bella ciao y etc., revela una pose profundamente sectaria. Un descorazonador afán por subrayar lo que nos separa, la historia, las fosas, los muertos y los duelos, las vivencias personales y familiares, los mitos, con la intención de abrir heridas, distinguir entre buenos y malos y separar a los ciudadanos en clubs de afines y enemigos. Menos mal que estas alturas de mi indignada perorata mi interlocutor, no sé si para aplacar el rollo o porque de verdad está de acuerdo, escribe que tengo razón y que se ha puesto a aplaudir. Ojalá que sí. Porque ya vale de inaugurar los balcones como trincheras. Porque ya está bien de convertir nuestro dolor particular en bandera y hacer del reparto de angustias munición con la que combatir infieles. Dejen de explicarnos enfáticos quiénes merecen aplausos y quiénes el infierno. Quiénes pueden cantar y quiénes vienen lastrados de fábrica. A quién abrazamos y a quién despeñamos. Los especialistas en mafias, encantados de instrumentalizar el miedo para sus tristes empeños, engordan cuando segregan, dividen, enfrentan y condenar. Haríamos bien en no permitirlo. Este barco es de todos. Si se hunde el agua no discrimina y acabaremos con los ojitos comidos por las sardinas. Mucho mejor erguidos frente a todo, de hierro para endurecer la piel. Juntos.

Julio Valdeón

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