Hice muchas cosas mal, hablé con desconocidos, saludé a los amigos, abracé, charlé. Acabé en casa. Confinado/confitado de un mal que puede que fuera/puede que no coronavirus. Aunque tiene toda la pinta. Aunque a falta de tests que miden los anticuerpos viviremos todos con el susto de no saber si estamos inmunizados o seguimos a merced de esa corriente salvaje que amenaza con provocar un apagón monumental. Pero han pasado 14 días desde que me encerré en el dormitorio y hoy hablé por el teléfono con un médico, luego de apoquinar 49 dólares, y me hizo tomarme el pulso, y no fui capaz, y contener la respiración diez segundos, y eso sí lo logré, y al fin me dio sus bendiciones y abandoné la habitación y Max estaba tan nervioso que empezó a reír y a pegarme, a pegarme y a reír como si fuera un centauro pequeñito y un poco loco, ciego de carcajadas y nervios que le hacían culebrinas en las tripas. Ahora mismo lo tengo aquí lado, «Buscando cosas que me interesan. Adivina lo que estoy haciendo, adivina, una cosa que tiene alas grandes y es azul. ¿A que te he dado pistas muy buenas? ¿Adivinas? ¿No? Una libélula!». Me gustaría quedarme a su lado. Pero el oficio manda. Repaso uno a uno los artículos de los filósofos, los sabios de guardia, los brujos de culto. Son todos tan monos. Tan afectados e infalibles a la hora de pronosticar el fin de los tiempos y el remate con descabello del capitalismo. No sé. Los noto ansiosos por regresar a la Edad Media. Anhelantes o mendicantes de volver a Atenas y ponerse a largar sobre los hombros de lo esclavos. A la mierda con sus poses de vendeburras y sus locas teorías antisistema y sus estúpidos afanes reaccionarios de niños mimados, aupados y lucrados mediante el momio que aspiran a clausurar al tiempo que cuentan las regalías en derechos de autor y el parné por los artículos. Qué importará lo que diga esta peña cuando en Nueva York las funerarias reclaman medidas urgentes e incluso piden que el gobierno del estado autorice el despliegue de crematorios portátiles. Los aparcarían en la trasera de los hospitales, donde ya hay decenas de camiones frigoríficos que tratan de aliviar el colapso de las morgues. Para ponerse a vomitar un humo de labios oscuros y viento lotófago. Una espuma de olvido. Un abrazo de ceniza. Para que el cielo, «capitán redondo», acoja a los que huyeron sin poder despedirse. Rodeados de tubos y ausencias. Cercados por enfermeros a los que no conocían. En compañía de nadie. De nada. La semana ha sido cruda en bajonazos, alta en traiciones, doble si hielo de lágrimas. Perdimos a Rafael Berrio, el poeta visceral e ilustrado que llegó del norte. Aquel que cantaba «El signo variable de las intemperies./ El vagar errante y solitario./ El alma elevada en los alcoholes fuertes./ La fiereza en los ojos deslumbrados./ El pasar con nada, el mendrugo de pan./ La indolencia a orillas del río./ Dadme al clarear lo que es mío:/ La hermosa vida que amo». Su ausencia escuece porque los días van desmadejados de angustia y el hálito de los músicos que amamos se antoja más imprescindible que nunca. También dijimos ciao a Bill Withers, cantautor soul que renunció a todo a mediados de los ochenta. Cansado del negocio o la adulación o a saber. Whiters fue uno de esos raros casos de artista que hace mutis en la cumbre, entre palmeros, con el mundo a sus pies y sus canciones, deslumbrantes, en la conciencia de varias generaciones de adictos al soul y el funk introspectivo, atmosférico, irrompible. Lo he recordado tirando de un programa glorioso de radio que le dedicó el maestro Diego A. Manrique, al que tanto debemos los españolitos envenenados de electricidad y poemas. Hemos rematado con la despedida a Luis Eduardo Aute, cantor del erotismo, culta estrofa de nicotina y besos, amigo de Goya y Rimbaud, filipino de Madrid, al que recuerdo en Valladolid, cuando presentó en la Seminci Un perro llamado dolor, su descomunal y quijotesca película de animación. Sus dedos, amarillos del tabaco, acompañaban el relato del cómo lo hizo, que estuvo a punto de costarle la vida. No fue entonces, sino años más tarde, que el corazón de hojalata le jugó un truco. Escribió Raúl del Pozo que «nuestras vidas no están predeterminadas desde la eternidad por un poder invencible al que los antiguos llamaron destino», pero da la sensación de que saga de los Kennedy, que acaba de perder en el mar a la nieta de Robert Kennedy y a su hijo de 8 años, sí que llegó al mundo marcada por la flor de la fatalidad. Más o menos como todos nosotros. Atormentados por el patógeno que bebe el aire de sus víctimas y anega los pulmones. Aunque de momento las olas no nos lleguen al cuello y todavía atisbamos la promesa de la playa, que nos sigue esperando. Berrio, Whiters, Aute, igual que Alberto Rojas Giménez, y el niño entre las olas, y los condenados en los hospitales, «más allá del vinagre y de la muerte,/ entre putrefacciones y violetas»… con su «celeste voz» y sus «zapatos húmedos», vienen volando.

Julio Valdeón

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