Todo empezó por la garganta, en carne viva. Luego sumé las décimas y el dolor de articulaciones. Finalmente llegó la congestión en el pecho. Bestial. Como si me hubiera tragado una quijada de burro o un tablón de madera. Al día siguiente hablé con un médico del hospital Presbiteriano, al teléfono habilitado para la emergencia. Le conté que tenemos un niño de 4 años y medio y que Mónica está embarazada. A estas alturas de la mañana yo era ya la viva imagen de Woody Allen, con una centésima parte de su talento y la hipocondría desatada en grado superlativo. El tipo escuchó mis balbuceos con paciencia exquisita. Carraspeó. Puede ser coronavirus, dijo. Puede que no. No hay tos seca ni fiebre alta. Buenas señales. Pero… Hum. Controle su temperatura. Si la fiebre sube hasta los 38,8 y/o se ahoga, acuda a urgencias. En caso contrario, hidrátese y observe 14 días de cuarentena. Colgué, hablé con el periódico y me cogí el día. Decretamos zafarrancho de combate. Nuestra casa consta de un salón/cocina y un dormitorio. En Nueva York las viviendas con más de una habitación son dignas del rey Midas, un lujo sólo al alcance de los gánsters de Wall Street y los jeques del petrodólar. Una amiga de Mónica nos trajo mascarillas y un mucolítico. A Max le contamos que papá está malito pero bien y que los próximos días serán una aventura. Ellos dormirán en el sofá y yo tengo que permanecer en el dormitorio. Inauguramos la nueva normalidad. Un mundo extraño, raro, que la congestión en el pecho exacerba de toses, afortunadamente rotas, y que tratamos de disimular para no asustarle. Cada paseo al baño es un reto tragicómico. Bebo, desinfecto mis pasos, méo, bebo, desinfecto los pomos, la grifería, los interruptores, bebo, vuelvo a mear, desinfecto todo. Decía Umbral que el órgano de la memoria es el olfato (Cartas a mi mujer). Afortunadamente yo no he perdido el mío. Pero a estas alturas todo sabe chato, pocho, triste. Durante el resto del día procuro no mirar las noticias. Una tregua imprescindible. La acumulación de contagios, el avance de la pandemia, combinado con las putrefacciones populistas, de Trump y otros, me deprimen, me angustian. Más todavía con la tensión axfisiante en los bronquios. En Amazon Prime veo un documental sobre Bob Dylan, The Band y las Basement Tapes. Muy bueno. Mucho mejor que la frivolidad moña de Martin Scorsese a cuenta la Rolling Thunder Revue. Sospecho que Scorsese, envidioso como algunos viejos, no soportaba ser mero amanuense del talento ajeno. Entonces decide inventarse un docu/momio con invenciones y cosas de mucha risa, como quien dijera, aquí estoy yo, háganme caso. Bah. Al caer la tarde leo a Richard Dawkins. Su prosa de diamante, cortada con un punzón láser, limpia el retrogusto verde, acre, de este día triste. Cenamos con una película: Mónica mueve la televisión y yo acerco mi mesa a la puerta. Fantastic Mr. Fox, de Wes Anderson, basada en el cuento del gran Roald Dahl. He perdido la cuenta de las veces que la habremos visto. Remato el día con un documental sobre Hayao Miyazaki, una serie de cuatro que sigue al director japonés durante la creación de Ponyo y The wind rises. El cine, las canciones del sótano, el gen egoísta y los conflictos entre Hayao y su hijo Gorō Miyazaki, también director de animación, distraen la sensación de ahogo. Al despertar al día siguiente, hoy, ahora mismo, mientras tecleo, la congestión brutal parece haber mejorado, pero no la infección. Tampoco las dudas que siempre suscita el tratamiento de la intimidad, ese problema mal resuelto por la literatura y el periodismo. Como parece que la chimenea funciona mejor llamo a Rocío, a Pedro, y me pongo a su disposición. El diario no puede parar y tampoco el flujo de noticias. Trump está loco por reabrir la economía. «Este país no fue concebido para un encierro», dice el psicópata. Tiene a sus asesores haciendo cuentas como zumbados, a ver cómo compaginan las recomendaciones de sus asesores científicos, que apuestan por extremar el confinamiento, con las reclamaciones de los gobernadores y senadores republicanos, que advierten del fantasma de una recesión profunda y una posible derrota electoral en noviembre. El vicegobernador de Texas, Dan Patrick, sostiene que él no tiene miedo, que los mayores están dispuestos a sacrificarse para evitar el invierno económico. Pobre imbécil. Pobres de nosotros. Releo los últimos modelos matemáticos, los informes de los epidemiólogos. Sólo la acumulación de muertos, miles, logrará que algunos cabestros asuman lo que viene. Será tarde.

Julio Valdeón

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