En uno de esos raros momentos en los que la casa enmudece, cuando Mónica no está al teléfono con las maestras, coordinando las constantes vitales de la escuela, mientras Max juega en silencio, recuerdo que anoche no insistí con el pedido de Amazon. No tenemos leche ni otros alimentos indispensables, el sistema de entregas a domicilio parece colapsado y no habrá más remedio que ir al supermercado. Buen momento para cerrar el ordenador y salir a la calle. Pero la perspectiva de abandonar el claustro, la idea de dejarse acariciar por la brisa y escuchar a los pájaros, los gorriones y mirlos que proliferan en el barrio, resulta bastante menos tentadora después de haber escuchado la plegaria del gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo. «Los ventiladores son para esta guerra lo que los misiles para la II Guerra Mundial», dijo. Anunció que el estado sólo permitirá que acudan a su trabajo las personas empleadas en sectores esenciales, de la sanidad a la alimentación. Insiste en que Nueva York necesita 15.000 máquinas de ventilación mecánica. Lo peor de la ola se espera en 4 o 5 semanas, cuando los más de 100.000 enfermos duplicarían efectivamente la capacidad total del mastodóntico sistema sanitario local. Quién lo diría cuando contemplo Brooklyn por la ventana. Un gato gordo y pelirrojo sestea sobre el muro de los vecinos, que tienen las barbacoas preparadas para unas fiestas vedadas por la autoridad competente. Cuando escucho al alcalde hablar en términos bélicos, dignos de una hecatombe anunciada por los profetas antiguos, cuando repite que disponemos de mascarillas para aguantar dos semanas, ya no creo que estoy alucinando ni temo por mi salud mental. Suena el teléfono y Mónica habla con una de sus maestras, desesperada porque al marido, taxista, acaban de pedirle que devuelva la placa. Hace unos días gastaron 2.000 dólares en reparaciones del coche. Si esto se prolonga desconoce de qué comerán. Otra maestra tiene al hijo en España, encerrado en un hotel de Madrid, aterrorizado. Las promesas senatoriales, el plan de cheques de 1.200 dólares por familia, suenan exóticas y sombrías, a capítulo de John Steinbeck y campamentos del Estado para salvar a las familias. Un multimillonario, Elon Musk, padre de Tesla y SpaceX, escribió una parida en Twitter. Conjeturó que «Los niños son esencialmente inmunes, pero los ancianos con afecciones existentes son vulnerables. Las reuniones familiares con contacto cercano entre niños y abuelos probablemente sean más arriesgadas». Por supuesto que los niños no son inmunes. Tampoco los negros, como aseguran unos cuantos fanáticos. Si el 1 de octubre de 2017 y los acontecimientos previos obligaron a los españoles a ponerse las pilas de nociones jurídicas, así fuera por dárselas de entendidos y meter cuchara en los debates, la expansión de la peste hará de nosotros unos pseudoexpertos en epidemiología. Musk, no sé si consciente de su torpeza, escribió que su empresa fabricará «respiradores sin hubiera escasez». Le respondió el periodista Nate Silver, «Hay escasez justo en este momento, ¿cuántos estás fabricando?». Musk: «Los ventiladores no son difíciles, pero no se pueden producir al instante. ¿Qué hospitales sufren la escasez de la que hablas?». A partir de ahí la respuesta fue abrumadora. «Nuestro país se enfrenta una escasez drástica y necesitamos ventiladores lo antes posible», escribió Bill De Blasio, que ya se ha puesto en contacto con la oficina de Musk, «necesitaremos miles en esta ciudad durante las próximas semanas. Los estamos obteniendo lo más rápido posible, ¡tu ayuda sería crucial!». Con 16.300 casos en EE.UU la última noticia desde el frente es que cierran los Cayos de Florida, donde Bogart y Bacall hicieron frente a los mafiosos de Edward G. Robinson y al huracán. Neil Young acaba de lanzar la primera de sus sesiones de canciones acústicas, grabadas en casa por su esposa, la actriz Daryl Hannah. Tonadas para endulzar la reclusión, música para la resistencia, entre raras delicatessen y clásicos irrompibles. «Sugar Mountain», «Little Wing», «Love Art Blues», «Vampire Blues», «Tell Me Why» y «Razor Love». Canciones con las que recordarnos que no estamos sólos y que si bien no ha llegado el día de abrir las ventanas y repiquetear campanas de libertad ahí fuera hay millones, peleando para que el fuego resista. Sobre todo, recuerden, «Hey hey, my my, Rock and roll can never die…».

Julio Valdeón

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