Ayer por la mañana lo primero que hizo Max al despertar fue decirnos que él no quiere enfermar de coronavirus. Lo segundo, enseñarnos una pielecita del dedo gordo del pie, que le escuece. Después de engullir sus galletas preguntó quién juega con él. Le pongo un vídeo en el teléfono, bendito sea, y enciendo el ordenador. El final de los tiempos era un delirio de místicos flipados. Un ritornello de dramaturgos ciegos de whisky y novelistas pelmas. Hasta que los chinos ordenaron construir varios megahospitales. En aquellos días el doctor Pedro Cavada alertaba en Antena 3 de que a lo mejor China ocultaba información: «No parece una broma ni un truco para vender mascarillas». Ahora tenemos 11.000 pacientes y 164 muertos sólo en EE.UU. Las enfermeras, angustiadas, alertan de que no disponen de mascarillas. Las aerolíneas tumban sus vuelos. El Congreso prepara un paquete legislativo que antes de la pandemia habría sonado herético. Cheque mensual sin trabajar, baja por enfermedad pagada, atención médica gratuita. En el tentadero de la muerte asintomática y la neumonía que arruina los linfocitos regresa el recetario del padre Keynes. Ocho artículos después salgo a la calle con Max. Hay poca gente en las inmediaciones del cementerio de Greenwood. Demasiada, si preguntan a los epidemiólogos. En Nueva York, a 18 de marzo de 2020, el gobernador y el alcalde todavía no han decretado el toque de queda. Ellos sabrán. Sólo un confinamiento estricto de varios meses, el uso del big data, los tests masivos para millones y la congelación temporal de la actividad urbana puede paliar, bueno, aliviar o escalonar, el gran desastre. Claro que las autoridades locales dependen del gobierno para que dirija la cañonera. «En tiempos de grandes crisis EE.UU siempre adopta medidas revolucionarias», susurra un gran escritor, convencido de que el desastre «fortalecerá a Trump, pero es, con mucho, el mal menor». Cuando llegan las grandes perturbaciones funciona mejor un ejército de mando único. Sin bicefalias multiplicadas hasta el infinito. Carlos Molina, español, trabaja en el Departamento de Relaciones Públicas del Distrito Escolar Independiente de Edgewood, al oeste de San Antonio (Texas), que agrupa a 11.000 estudiantes. Explica que «El problema no es que no se lo tomen en serio. El problema es que tradicionalmente, porque esto algo muy arraigado en la cultura americana, existe una estructura política y administrativa descentralizada en extremo, lo cual impide una implementación coordinada de medidas de cualquier tipo, en este caso de prevención médica. Desde el Gobierno federal se toman medidas pero solo son recomendaciones para las administraciones estatales, que a su vez recomiendan a los condados y estos a los municipios. Al final son los alcaldes los grandes responsables de casi todo, desde esta cosa del virus hasta el sistema educativo, por ejemplo. Incluso, dentro del nivel municipal existen subniveles (distritos) en los que que se toman las medidas finales. No hay coordinación, ni colaboración. Hay distritos que han cerrado los colegios a cal y canto, y otros como el mío en el que solo han cerrado las aulas pero todo el mundo sigue currando igual (como donde yo trabajo). Esta microgestión de los asuntos públicos se convierte al final en una batalla entre pequeños reinos de taifa que pugnan por mantener su propia parcela de poder. Un puzle irresoluble que solo se acabaría barriendo desde arriba, pero es impensable. Cada uno de los 17 distritos de San Antonio toma sus medidas, desde los impuestos indirectos, el salario mínimo o las medidas médicas preventivas. Una carajera». Los maestros quieren cerrar los colegios, blindarse del bicho. «Pues aquí de teletrabajo nada. Como si no hubiera pasado nada. Ayer discutí la cuestión con mi jefa sin resultado. Así que a mamarla y si me enfermo pues en fin. Aquí no hay mucha alarma desde el Gobierno. Las tiendas se han quedado sin papel higiénico, eso sí. Creo que les pillará el toro y llegarán tarde, como siempre. Y Trump haciendo el payaso. Un desastre». En San Antonio, igual que en Nueva York, si cierran las aulas los niños pobres se quedan sin comer. «El 40% de los niños escolarizados viven en familias con sueldos de pobreza y van a clase solo porque les dan de comer. Si cerramos no hay comida». Vuelvo a casa con Max. Los transeúntes nos miramos con miedo. El mundo feliz agoniza, herido por el rayo de la fatalidad, la negligencia, la premura. En un arranque de lucidez recuerdo que necesitamos abastecernos de pan y fruta. Pero el comercio en internet ha agotado todas sus existencias y asusta meterse en un supermercado.

Julio Valdeón

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