El gobierno habría pactado con los nacionalistas no desplegar el ejército en Cataluña, País Vasco y Navarra. De hecho circula el rumor de que el vicepresidente Iglesias, que burló insólitamente la cuarentena, acudió al (escandaloso e inexplicablemente largo) consejo de ministros del sábado con la misión de impedir que el despliegue asistencial del ejército lo fuera en toda España. Y parece haberlo logrado, más allá de la letra del Decreto de declaración del estado de alarma que salió de aquella reunión. Cataluña (2.702 casos) y País Vasco (1.190) son las dos comunidades con más infectados por coronavirus después de Madrid (6.777). El pasado martes la Unidad Militar de Emergencias (UME) estuvo a punto de acudir al aeropuerto de Bilbao. En el último momento fue redirigida a Cantabria, la región con menos contagios diagnosticados, 83. Mientras sobrevivimos a una emergencia bíblica la UME, en las comunidades bajo la zarpa nacionalista, sólo acudiría a determinadas infraestructuras del Estado. Que sepamos tampoco patrulla con las funciones de autoridad que le otorga el estado de alarma. Sostiene Margarita Robles que el ejército acudirá donde sea menester. Pero su mensaje, finalmente republicano, inédito en el socialismo español desde años, flaquea al contacto de lo sucedido con la UME y las declaraciones de un Miquel Buch, consejero de Interior de la Generalidad, que ha tenido la desvergüenza de acusar al gobierno de jugar con maniobras recentralizadoras. Para esta tropa las actuaciones de ámbito nacional, en un país asomado a la ruina sistémica, son ataques al autogobierno. Cuando algunos agitaban las bengalas que alertaban del populismo y/o las insurgencias nacionalistas nadie hizo caso. El intento de golpe de Estado de 2017 golpeó conciencias y el triunfo de un Sánchez maniatado por los arquitectos del asalto a la democracia nos devolvió a la casilla de salida. Ni siquiera en vísperas del huracán les importa el bien común. Exigen cacerola para el anterior jefe del Estado y aprovechan el descalabro para desestabilizar el país. Torpedean el despliegue de una ayuda imprescindible. Como me explica un célebre jurista, «esto parece a un crisol. Lo calientas y toda la mierda sale a la superficie en cada país. El virus es la llama y nuestra mierda es el sectarismo y el nacionalismo». España, entre la mafia supremacista, enemiga del demos, y los niñatos morados, que anteponen su estercolero tacticista a la salud de millones.

Julio Valdeón

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