La gran mortandad del XIV, provocada por la peste negra, coincidió con las calamidades en el campo. Las lluvias torrenciales pudrieron las cosechas de cereales en la Europa meridional y central. Fue el acabose «de los Pirineos a las llanuras de Rusia, de Escocia a Italia». La hambruna acompañó al bacilo. Nadie televisió aquellas calamidades. No hubo chistes ni bulos en redes sociales y sí médicos de aspecto siniestro, vestidos como buitres, baldes llenos de lágrimas y grandes hogueras en la puerta de las ciudades. Creían que el aire estaba corrupto, que los dioses habían declarado la guerra al hombre, que no quedaría nadie sobre la Tierra. Boccaccio y otros genios escribieron de la pestilencia. La muerte colocaba ante el paredón a unos campesinos con las reservas biológicas exhaustas. Ahora, a falta de monstruos sagrados, los periódicos se llenan de dietaristas del apocalipsis, poemarios del terremoto, cronistas del prodigio. Yo mismo, sin saber qué pensar. Algunos comentaristas aprovechan para deleitarse en las tensiones que sacuden las democracias liberales. Sobrecoge la acumulación de noticias luctuosas. Me llama por teléfono un amigo. Explica que acaba de hablar con un responsable económico de una gran empresa, que el cuadro económico es devastador. Quién sabe si no viviremos escenas dignas de Octubre. Multitudes apiñadas frente a los parlamentos, ejércitos de descontentos, la insurgencia del cáncer plebiscitario, los tribunos del odio. El alcalde De Blasio informa que puede cerrar Nueva York en las próximas 48 horas. O no. El toque de queda está vigente en San Francisco. El gobernador de Ohio se resistía a abrir los colegios electorales para la celebración de las primarias demócratas. Nuestros sistemas tienen las costuras como los flancos de una pitón de las rocas al engullir un ciervo. Nuestras democracias apuran el bebercio, leche y mierda, del miedo esteticista enarbolado por los enemigos de la libertad, que como siempre aprovechan para colocar sus momios. En el lado soleado cabe hablar de unos dirigentes bañados por un foco salvaje. Pueden quemar las pancartas. Abandonar la publicidad. Fumigar los consejos de los asesores políticos. O pueden irse al infierno. Delante mío, con el volumen al once, Donald Trump anuncia medidas económicas dignas del New Deal. Cheques para todos, estímulos milmillonarios, posibles nacionalizaciones. Incluso él, que hace unos días todavía reía, admite que estamos en guerra. Tampoco faltan los cursis. Con sus metáforas espaciales y sus guiños a las películas más sombrías de la ciencia ficción y la serie B. En realidad hace años que los expertos advierten del riesgo sistémico que podría ocasionar una epidemia del calibre de la gripe de 1918. Circula un memorándum sombrío de la New York State Task Force on Life and the Law. En 2015 estimaba que faltarían del orden del 15.000 respiradores. Sólo en el Estado de Nueva York. Por no hablar del personal capaz de manejarlos. El manual incluye reflexiones y guías para el reparto de pulseritas de colores. Ordenadas en función de las posibilidades de supervivencia de los enfermos, en el caso de que no haya suficientes camas en cuidados intensivos ni respiradores disponibles para atajar la avalancha. En caso de empate los expertos apostaban a una lotería inhumana. Son elecciones brutales. Inimaginables hace apenas semanas. Amenazan con llenarnos el cerebro de mensajes terribles y el folio perdido de imprecaciones. Toca desconectar. Pero el caos nos persigue. Hace apenas un mes, durante las vacaciones escolares de febrero, visité Washington con mi hijo y mi esposa. Fuimos cuatro veces en tres días al Smithsonian de Historia Natural. A Max sólo le interesan los peces de las profundidades abisales, los esqueletos de cachalotes, las larvas de libélula, los leones disecados, las tarántulas de 200 gramos de peso con pelos urticantes y las mariposas de alas irisadas. El Capitolio, la Biblioteca del Congreso y la Casa Blanca, pues menos. En el Smithsonian también vimos una exposición sobre los virus y las pandemias. Sobrecoge recordar ahora mismo los paneles, los vídeos, en la época del asesino invisible. No sé si recuerdan, pero nos reíamos cantidad con las noticias que llegaban de China. No por crueldad sino por estupidez, convencidos de nuestra superioridad y de que Occidente tenía recursos para sobrevivir sin apenas magulladuras al gran apagón. Aquí nos tienen, encerrados como si estuviéramos en una clínica y con los niños medio locos, sin saber cómo interpretar las señales que envían los medios y los mensajes de los políticos. En sus manos, y en las nuestras, bien fregadas, está salir airosos mientras soñamos con el día en que los abrazos, los besos, vuelvan a circular libres.

Julio Valdeón

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