Celebramos el 8-M como otros, en otros tiempos, jalearon la Victoria o la Revolución. Como unos juegos olímpicos de lo identitario que habrían horrorizado a las sufragistas, preocupadas por conquistar derechos tangibles y enfrentadas a las categorías generales con las que el machismo al mando insistía en etiquetarlas. Celebramos el 8-M porque estamos por la libertad, la igualdad, el feminismo y la equidad ante la ley. Al otro lado responden con un 8-M instrumentalizado. Una batucada infantilizada. Un feminismo de pachamama y trinchera. Una concepción de la liberación femenina siniestra y pueril. Que manipula con las peores intenciones las mejores reclamaciones. Que pasea con las mejores intenciones las peores reclamaciones. Que en última instancia ha optado por cosificar a las mujeres. Mujeres florero al servicio de la causa impar de la desigualdad por género y la matraca identitaria. Reducidas o jibarizadas a la condición de arietes o marionetas con las que manipular al votante y crear grandes coaliciones gubernamentales que aseguren la colocación de un millón de pirañas y rellenen con muchas consignas y grafitis la atroz anemia conceptual y la espantosa falta de ideas de unas élites políticas que parecen seguir encerradas en el parvulario, todo el santo día con el sonajero de sus primeras ocurrencias y sus primeros monigotes, chispas. Decía Francisco Umbral que César González Ruano coincidió con una generación «la joseantoniana, que quiere hacer soluble el Yo el Imperio, como, del otro lado, el leninismo quería hacer soluble el Yo en el sistema». Nosotros, que esperamos ser un poquito mejores personas que Ruano y nos resignamos a escribir francamente peor, aspiramos, con modestia, a que esta generación no acabe por hacernos solubles en la pancarta, el tuit de un ministerio de absoluta vergüenza ajena y el borrador de una ley contra las libertades sexuales que habría sido rescatada del oprobio por los juristas del PSOE. Sobra con leer el enésimo manifiesto del 8-M, pienso ahora en el que han aprobado para Madrid, pero tienen donde elegir, para comprender que nadie de más de cinco años (ay, Groucho, si tu supieras) puede aplaudir cositas así: «Queremos movernos en libertad por todos los espacios, públicos y privados, y a todas horas y denunciamos la justicia patriarcal que no nos considera personas de pleno derecho y que nos quiere dóciles, sumisas y calladas». ¿Por todos? ¿Incluido el espacio exterior, gravedad cero? ¿Públicos y privados? ¿La carnicería cerrada de madrugada? ¿El piso del vecino del cuarto? ¿A todas horas? ¿Puestos a allanar carnicerías y meter el hocico en pisos ajenos no podemos esperar a que amanezca, que no es poco? ¿El sistema judicial español no considera a las mujeres personas de pleno derecho, qué fuerte, o sea? La pregunta no es tanto qué se han fumado cuando lo escriben cómo dónde consiguen esta mierda que incluso yo, que llevo siglos sin fumar, siento una imbatible nostalgia y una indisimulable envidia por semejante cebollo, sisters. Al 8-M le estamos dedicando muchos artículos. A este 8-M de anticapitalistas a la violeta disfrazadas de feministas. Nos ponemos estupendos. Pero resulta imposible descifrarlo por la misma razón que no debes tratar de aprehender el manifiesto dadá y las palabras de Hugo Ball y sus polémicas con Tristan Tzara como si leyeras a George Steiner. El problema no es de dadá, sino de quien trata de encontrarle lógica interna a un pedo surreal que, en el caso del 8-M, sirve como matriuska para ocultar sus verdaderas intenciones antisistema, enemistados los redactores con la democracia liberal, el libre mercado y así seguido hasta llegar a EE.UU, que tiene la culpa, yes. Ateniéndonos a la letra pequeña del coro victimista, lo tiene dicho y radiografiado todo o casi todo Camille Paglia, cuyo feminismo amazónico suscita muchas risas entre los políticos y los periodistas porque ni saben quien es Paglia ni han leído nada suyo y encima deben de penser que lo que Paglia sugiere es irse a la amazonía a hacer turismo cuando, en todo caso, propone hacer acopio de ranitas de colores muy vivos para luego untar los dardos y salir a la calle con cerbatana de liquidar babosos y espantar histéricas. Lo arroja Paglia como un bombazo libérrimo en estas prosas entresacadas de uno de sus libros por Marianne Grosjean, que mi admirado Julio Béjar ha tenido la elegancia y paciencia de traducir: «Desembaracémonos de ese feminismo de sacristía y denigratorio del hombre», escribe Paglia, que fue pionera de las reivindicaciones LGBT y que hace siglos en busca y captura por las neomonjas de morado, «este feminismo que ha devenido en una bolsa de basuras donde un montón de plañideras depositan sus cansinas neurosis». Más adelante, sobre el empoderamiento y el victimismo «¿Que un estudiante hace un comentario vulgar sobre tus pechos? No huyas para ir a gimotear con las más débiles del campus. Planta cara. Al momento. Dile: ‘¡Calla, gilipollas, y vuelve a tu pocilga, que te esperan, ya estás tardando!». Como regla general, las mujeres que muestran esa actitud audaz en la vida son hostigadas con menor frecuencia». Yo pasaré este 8-M leyendo a Paglia. Por salud mental, te lo juro tía, tía.

Julio Valdeón

© Julio Valdeón Blanco / Diseñado en WordPress por Verónica Puertollano (2012)