Joaquín Sabina tiene una mala salud de acero. Lo repite él mismo y lo comentan sus allegados, colaboradores y amigos. De 2001 a 2020, casi veinte años, el parte médico del cantautor abunda en contratiempos, sustos, afonías, caídas. Nadie imaginaba al hombre que había surfeado a espaldas de la muerte en un peregrinaje de hospitales. Pero la noche reclama su libra de sangre. La pitanza humana en dolor y gloria. Esos casquetes de salud repartidos en analíticas, desmentidos, cancelaciones y quirófanos. La lista es larga, y duele. El susto más importante tuvo lugar en 2001, cuando un aneurisma cerebral tocó a arrebato. La agencia EFE informó entonces que «el cantante Joaquín Sabina se encuentra ingresado en el servicio de neurología de un hospital madrileño debido a un accidente isquémico cerebral leve, según ha informado su discográfica. Sabina, que sufrió un problema de riego sanguíneo en el cerebro, evoluciona favorablemente y será dado de alta en los próximos días». Pancho Varona, guitarrista y compositor legendario de Sabina, me contó en el libro Sabina. Sol y sombra, (Efe Eme, 2017), que esa mañana «Estaba en el coche, con mi mujer y mi hija, que tenía ocho años, a la que llevábamos a Acuópolis. Yo veía que el teléfono sonaba y era Lena, la secretaria de Joaquín, que insistía, pero no quería cogerlo porque estaba conduciendo, pero ella insistía, insistía, hasta que paré el coche en el arcén, le respondí y me dijo, “Panchito, no te asustes pero Joaquín ha tenido un accidente importante, parece que cardiovascular, y queríamos que lo sepas”. Dejé a mi mujer y a mi hija en Acuópolis y me fui corriendo a la clínica Ruber. Joaquín siempre me dice que se dio cuenta de la gravedad de su estado cuando me vio la cara. ¡Debí de poner una cara de acojone…! Justo cuando llegué a la Ruber pasó una camilla con Joaquín, le habían cortado el pelo al cero para ponerle los cables y hacerle un electroencefalograma. Estaba bastante demacrado, afeitado, y me asusté. Nos asustamos mucho todos. En las primeras veinticuatro, cuarenta y ocho horas nunca sabes qué va a pasar, y en esa espera de las primeras cuarenta y ocho horas andábamos expectantes. Tenía paralizado un lado, que fue recuperando poquito a poquito, pero vamos, el lado derecho estaba paralizado y se podía haber quedado así. Joaquín tiene una gran suerte porque todas estas cosas le pasan, afortunadamente, en su grado mínimo: la diverticulitis, en grado mínimo, el ictus, igual. Se recuperó muy bien. Le quedó una pequeñísima secuela en la mano, que a veces recuerda, pero nada, tonterías, tuvo una suerte tremenda». Tocó decir adiós al baile prolongado durante casi treinta años de bohemia inteligente, nocturna, algo salvaje y bastante ilustrada. Le siguió el fracasado intento de abandonar el tabaco y el cambio de vida, que lo alejó de los músicos. Después, la depresión. La nube negra. En Sol y sombra el poeta Luis García Montero, amigo íntimo, rememoró que «Joaquín lo pasó mal. Por su modo de ser no quiso hablar de psicólogos, ni de ayuda de ningún tipo, para superar los monos, y se enfrentó al cambio de vida provocado por el marichalazo a pulmón. Pasó un tiempo muy deprimido, pensando que no volvería a escribir. Y le daba miedo ponerse delante de la gente». Otro buen amigo, el poeta y novelista Felipe Benítez Reyes, explica en el libro que «Aparte del apoyo de los más íntimos (…) los apoyos ayudan, pero no determinan. Joaquín encontró la vía de escape a una situación que, por lo que intuyo, tuvo complicaciones muy ramificadas. Entre ellas, una crisis de creatividad. En esa época fue cuando empezamos a tratarnos con más frecuencia y con más confianza. A pesar de estar en un momento sombrío, seguía siendo muy ocurrente y afectuoso. La procesión iba por dentro. Muy por dentro. Y me temo que era una procesión de mucha penitencia». Años más tarde, hará diez, canceló en Barcelona por una mala caída. En 2011 la diverticulitis lo condujo a la mesa de operaciones. De 2013 son los mareos, provocados por el calor, de 2014 el golpe tremendo de Madrid, cuando sufre el ya legendario Pastora Soler. Un ataque de pánico escénico con todas las letras. O un miedo al qué dirán. A quedarse en blanco. A palmar las letras, las canciones, los ritmos. Aquello le abrasó el cerebro durante unos segundos, cortocircuitado como el de Curro Romero delante un Miura avieso. Aunque los medios, buitres inevitables, exageramos: todo sucedió ya en los bises, después de un gran concierto. Qué decir de aquella vez en Gijón, durante la gloriosa gira de Alivio de luto, cuando una mala noche lo obligó a guardar cama y disculparse con un ramillete de versos tan sentidos como satíricos. Y, ah, está la suspensión por la tendinitis, la caída en México, la tromboflebitis, la afonía y. Es así que golpe a golpe, entre sobresaltos y resurrecciones, avanza la leyenda muy viva de un genio que saca la lengua al equipo médico habitual y desprecia los partes de guerra. Volverá, muy pronto, para negarlo todo.

Julio Valdeón

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