Lo decían los zorrocotropos del PCE. Juan Carlos I sería El Breve. Abdicó en favor de su hijo en 2014, después de treinta y nueve años de reinado. Seis años más tarde a Felipe VI reivindicó una España de todos para todos en la apertura de la XIV Legislatura del Congreso de los Diputados. Los aliados del gobierno, ERC, EH-Bildu y el BNG, leyeron un manifiesto injurioso, vergonzante, letal. Los acompañaban dos excrecencias en el papel de guindas/guindillas. Junts per Catalunya, que tiene al líder fugitivo, y la CUP, discípulo mediocre de aquel maravilloso Paul Lafargue. «En el camino democrático hacia la libertad que aspiramos», leyeron, «el Rey no es un interlocutor válido para nosotras y nosotros. Ni tiene la legitimidad de nuestros pueblos, ni le reconocemos ninguna función política». «No tenemos Rey», gritaron. El PSOE se encogió de hombros. Unidas-Podemos no digamos. Que diferencia con los años dorados del rey Juan Carlos. Cuando la desconfianza mutó en arrobo colectivo por sus muchos servicios a la convivencia. El viento de la historia lo coronó un 23 de febrero de 1981, después de malbaratar con la guerrera sobre el pijama el ciego desfile de los tanques, el viento frío del pasado, la llamada atroz del 36 reload y sus muertos de pena negra. Los mismos que habían dudado de su excelencia y sobre todo de su resiliencia acabaron convencidos de que aquel hombre que llegó después de cuatro décadas de militarismo tuvo el instinto, la inteligencia y el coraje de ponerse del lado de las libertades. Quienes creyeron que con él regresaban los Borbones de los tapices goyescos, la corte de los milagros, los majos, validos y espadones quedaron seducidos por el magnetismo y la ironía de un hombre que no estaba dispuesto a suicidarse o suicidarnos. Hace veinte años que Santiago Carrillo dijo, más o menos, que el rey fue «el líder político del movimiento reformista del régimen de Franco», que conspiró en Zarzuela para «protegerse de los ultras mientras que nosotros lo hacíamos en los sótanos». Felipe VI, en cambio, no necesitó nunca conspirar porque el nuestro era ya un país europeísta y moderno y los ultras estaban desactivados por las crueldades de la biología, que embalsama a los políticos viejos como a insectos conservados en ámbar. Pero nadie contaba con el empeño de organismos tan toscos como el nacionalismo, empeñado en perpetuarse al tiempo que canta las comedias bárbaras de unas guerras carlistas que lo perpetúan. Las cepas del virus tribal, tremendamente contagiosas, cuentan con el beneplácito y alianza de una izquierda diseñada para enterrarse. A Felipe VI no le perdonan que hablara en favor del sistema al día siguiente del intento de golpe de estado. Dicen la palabra, sistema, con cara de vinagre o desprecio comunero. Son incapaces de asumir que al sistema, o sea, a la democracia representativa, le debemos los mejores años de nuestra vida. Los más felices, radiantes, provechosos, libres. Su postura es idéntica a los teóricos del búnker de hace medio siglo. Cuando exigían carantoñas, confeti y buenas palabras para con los nostálgicos de la involución, enemigos de la democracia. Los cómplices del espantajo neardental afean al rey su compromiso con la exigencia de que todos, emperadores y pastores de ganado, presidentes de autonomía y funcionarios, condestables y banqueros, policías y jueces, sometan su conducta a los cauces severos que marca la ley, la ley de todos, la que garantiza que el poderoso no salte sobre el costillar del débil y que las mayorías no arrasen a las minorías, las leyes concebidas para garantizar los derechos políticos y la ciudadanía, las leyes que piden la paz y la palabra frente al ventisquero atroz del populismo infecto. ¿Qué puede hacer el rey con una Moncloa vendida a tentaciones kamikaces y un presidente reo de su amoralidad? Pues persistir en el empeño. No dejarse ganar por su ferralla dialéctica, por su morralla ideológica. Lograr con suerte que los españoles con memoria de lo que fue el autoritarismo agradezcan que un rey sin espada, caballero sin mando, enarbole la Constitución. Los heridos de patria chica, apandadores de lo nuestro, butroneros de los principios nacidos de las revoluciones democráticas, traficantes de heces sentimentales y espectros polvorientos, descuernados por la luz, estrábicos de boina y leyes viejas, odian a Felipe VI. Saludan con deleite todo lo que huela a incendio del 78. Porque si el rey cae, niños del mundo, cae España y cae la democracia.

Julio Valdeón

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