Dice Otegi, hombre de paz, que «los valores del país son los que hemos defendido 40 años». Su discurso parece inspirado por la bisutería de los teóricos podemitas. Pero bajo la farfolla del serenísimo miserable asoma una verdad terrible. Otegi hablaba pocos días después del 25 aniversario del asesinato de Gregorio Ordóñez, teniente de alcalde de San Sebastián. Como han recordado Fernando Savater y Santiago González, tras las elecciones a la UE de 1994 ETB-2 organizó un debate con tres de los políticos locales más pujantes del momento, Fernando Buesa, del PSE, Joseba Egibar, del PNV, y el propio Ordóñez, del PP. Al candidato del Partido Popular lo mata ETA en enero de 1995. Buesa, portavoz del PSE en el parlamento vasco, fue asesinado en febrero del año 2000. Egibar sigue en activo. En 1994 los resultados a las europeas de HB fueron catastróficos. En las elecciones a Bruselas de 2019 EH-Bildu fue la segunda fuerza más votada, sólo por detrás del PNV. Lo que va de 1994 a 2020 es la llamada “socialización del sufrimiento”, que se inaugura con Ordóñez: a partir de 1995 el 27% de las víctimas son concejales y otros cargos políticos. La guinda a una larga marcha de matarifes coronada por 853 asesinatos durante medio siglo de utopía totalitaria y unos daños materiales causados al Estado de 21 mil millones de euros. Más decenas de miles de desplazados por el terror… y por las draconianas imposiciones políticas y lingüísticas, que lesionan a conciencia los derechos de los ciudadanos en favor de los fantasmales derechos de las lenguas (nota para recalcitrantes e imbéciles: los territorios y las lenguas no tienen derechos). Bien, en 2001 el pacto PP-PSOE reunió 32 escaños, por los 33 del PNV y EA, con lo que el gobierno vasco se decantó gracias a la conducta asquerosa de Izquierda Unida. Lo que va de 2001 a 2020 es ese 69% de españoles que entonces apoyaba la alianza de Jaime Mayor Oreja y Nicolás Redondo Terreros mientras hoy condenaría horrorizado el pacto constitucionalista. De modo que tiene toda la razón Otegi. Los valores del país son los suyos. Hablaba del País Vasco. Podría extender su letal diagnóstico al resto de España. Lo que va de del tiro en la nuca a la pax gastronómica y las huelgas de los jubilados más ricos de España es el triunfo de un ecosistema político y ético moralmente bilioso. Enfermo terminal. Que cataloga de avanzada la entente con las termitas del demos, juzga las reivindicaciones de lo que nos separa como infinitamente más enriquecedoras que la defensa de cuanto nos une y silencia por aguafiestas, incómoda o inoportuna la memoria de los asesinados y mutilados y el destino de los humillados, perseguidos y exiliados. No sé qué pensarán ustedes. Pero este progreso se parece demasiado a las cavernas.

Julio Valdeón

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