Pedro Sánchez pretende que la Abogacía del Estado sea la del gobierno, tal y como quedó sobradamente demostrado cuando decapitó al Jefe del Departamento de Penal de los Servicios Jurídicos del Estado por negarse a cambiar de rebelión a sedición la acusación en el juicio del Procés. Sánchez también opina que el Fiscal General del Estado depende del gobierno como el recluta del cabo, señor sí señor. Que actúa o debe de actuar cual dócil y dúctil instrumento sometido al omnímodo capricho del señorito. En caso de duda nombra a Dolores Delgado, anteayer ministra de Justicia muy celebrada por su vicepresidente tercero, o cuarto, o quinto, el señor Pablo Iglesias. Hace apenas un día, en el plató de Antena 3, el líder de Podemos sostuvo que «La señora Delgado, como cualquier funcionario público, merece una oportunidad». Meses antes había explicado que «Alguien que se reúne de manera afable con un personaje de la basura, de las cloacas de Interior en nuestro país, debe alejarse de la vida política porque hace daño a la mayoría parlamentaria que protagonizó la moción de censura y porque no es aceptable que en este país haya ministros que sean amigos de tipejos como Villarejo». A Sánchez, y por supuesto a Iglesias, que lleva años trabajando para socavar la legitimidad del régimen constitucional, les parece bárbaro regodearse en las (inexistentes) humillaciones sufridas por los jueces españoles a manos de sus colegas europeos. No digamos ya provocar un choque institucional con el CGPJ. El primero, un oportunista, un vampiro, llegó al palacio tras drenar los últimos refugios de oposición en su propio partido, eviscerado a conciencia. El segundo es un chisgarabís amamantado en todos los tópicos imaginables de la izquierda altermundista y antisistema, iliberal y magufa, con cuatro gotas de Pachamama, otras tres de Laclau y un remanente de nostalgia retro por las coloristas concentraciones en Seattle contra la OMC. Sin olvidar, como bien explica Luca Costantini en Aquí mando yo: Historia íntima de Podemos, las enseñanzas, entre Maquiavelo y las Mamachicho, obtenidas de estudiar en Bolonia el instrumental comunicativo de un Berlusconi siempre a lomos de la telemierda. El resultado, como me escribe mi amigo Adolfo Belmonte de Rueda, es un gobierno de inclinaciones absolutistas. Concebido para aplastar a la oposición, demonizada, mientras socava el sistema. Un gobierno Bolsonaro, que en la carrera por reinar ha perdido ya cualquier escrúpulo. Un gobierno trumpista, de colmillo autoritario, más cerca de Orban que de Azaña, dispuesto a incendiar la convivencia, y al que debemos responder con la proporcionalidad y temple que siempre merecen los gorilas del mundo unidos.

Julio Valdeón

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