Uno de los excesos más reiterados de estos días consiste en tachar al nuevo gobierno de fraudulento. Otro pasa por insistir que ha ganado la izquierda. A lo primero sólo cabe responder que estamos ante un ejecutivo perfectamente legal. Respecto a que pueda asimilarse con algo parecido a la izquierda conviene aclarar que sólo si renunciamos a evaluar y mejorar el ascensor social y desechamos la ciudadanía en favor del terruño. Más bien el bicho luce las atribuciones propias del pensamiento retrógrado con toques posmodernos. Son intragables sus apelaciones al clamor de la voluntad popular, viejo tanque germano que piafa contra el parlamentarismo y el ordenamiento jurídico. Vean al PSOE, agencia de contratación y coto privado del doctor cesarista. Por no hablar del soponcio que experimentaría un histórico como Javier Pradera al comprobar que el partido, e incluso su periódico, colman de atenciones a unos clérigos partidarios de las revoluciones bolivarianas. Todo bajo la dulce mirada de un tinglado tan radioactivo como el del PNV, de una formación tan obscena como EH-Bildu, de las confluencias nacional-populistas, del BNG a Compromís, y de dos formaciones con la cúpula condenada o en fuga por un intento de golpe de Estado. Que esta gente, empeñada en defender la marginación por razones lingüísticas, el dumping territorial y los regalías predemocráticas, convencida de que parcelar la comunidad política es bueno y necesario, alardee de defender la virtud cívica, la equidad o la justicia, sólo puede entenderse por el fracaso del sistema educativo, que factura a una peña incapaz de asimilar de qué va el republicanismo. Sin olvidar la euforia de quienes han puesto lo mejor de sus vidas al servicio de la causa antifascista cuando fascismo es Errejón boicoteando a Rosa Díez, Iglesias celebrando la lucidez de ETA, Rufián llamando carceleros a los jueces o Echenique afeando a Maite Pagaza que pidiera el voto en Rentería, a 20 kilómetros del pueblo donde en 2003 asesinaron a su hermano Joseba, militante del mismo PSE que hoy brinda con sus verdugos. La Constitución del 78 tirita en el puño de un presidente modelado en los laboratorios trumpistas de la posverdad mientras la oposición voxera, ultra, trabaja para ahondar en el frentismo y facilitarle la vida. Ganan los yihadistas de los pleitos mesiánicos y los que en nombre del diálogo permitirán que sus iguales, reacios a la fe nacionalista, sean machacados.

Julio Valdeón

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