Los que crecimos amamantados en las mitologías umbralianas del padre Llanos, Carmen Díez de Rivera y Nico el de la Naval, los niños que despertamos a diario con el rascacielos blanco sobre el Pisuerga ungido de Otan No, los que soñábamos con cumplir 18 para votar al partido de la resistencia y los fusilados, lectores de César Vallejo, supimos desde muy pronto que no había que fiarse del PSOE. Después crecimos. Cayó el Muro. Cambiamos el colacao por el whisky y el whisky por los biberones. Leímos a Pinker, a Hitchens, a Dawkins. No necesitamos renunciar a la tentación del absoluto, que venía a resolver las cuitas mediante el rodillo teológico del paraíso en la Tierra, porque creímos desde muy pronto en una Constitución que había llegado para superar el espejismo cainita mientras drenaba la sangre coagulada en la memoria. Una democracia asentada en la triada azañista, paz, piedad, perdón, levantada sobre el andamio cívico de reconocer al adversario ideológico siempre que estuviera comprometido con la nación de ciudadanos y la defensa de la igualdad. La democracia necesita como el comer que los actores políticos no nieguen al de enfrente una legitimidad esencial para no sustituir al contrincante por el enemigo, la discrepancia por la guerra. Lo que nunca imaginamos fue que recuperaríamos multiplicada la decepción con un PSOE irreconocible por indigno. Abonado al sectarismo y, todavía peor, convencido desde el pacto del Tinell de que el futuro pasa por incomunicar al centro derecha en una celda y repartirse el candado de la gobernabilidad con el primer populista que encontrase en la calle. En estos días de renuncias esperábamos algo, algo más, de las viejas figuras, de los nobles y aristócratas del pasado, en especial de Felipe González, que ha renunciado por completo no ya a proteger el espíritu de la Transición o los contrapesos constitucionales sino su propia herencia política, los penúltimos gramos que pudiera conservar de gallardía o decoro, las últimas salvas de un orgullo que debiera de antojarse incompatible con una bancada socialista humillada y con un parlamento transformado en sótano sadomaso para solaz de institutrices foralistas y otros gorilas. ¿Dónde quedó el mítico PSOE, el PSOE de la vergüenza, para denunciar que la señora Montserrat Bassa, de ERC, hermana de una delincuente condenada en firme por el Tribunal Supremo, ha declarado que le «importa un comino la gobernabilidad de España», un país en el que hay «presos políticos» y «represaliados», y donde el PSOE es cómplice de todo eso y del «dolor y de la mentira de la violencia en Cataluña». Sólo faltaba la intervención del portavoz de EH-Bildu, Oskar Matute, en nombre de las víctimas de los naufragios, de las kellys, la Pasionaria y los colectivos LGBTIQ para cerrar el círculo del oprobio. Un día antes otra vocera del crimen etnicista, Mertxe Aizpurua, condenada por apología del terrorismo, y de la que cuentan que señalaba en las páginas de un pasquín a los posibles objetivos de ETA, había recibido la exquisita comprensión de un Sánchez que reserva su estoque para «la derecha, la ultraderecha y la ultra-ultraderecha», por usar la terminología pueril de gente como Pablo Iglesias y Pablo Echenique, dos-super-dos de la izquierda neanderthalensis, firmes en su empeño de pasar por las horcas caudinas a jueces y fiscales y en su deseo de destronar al «Ciudadano Borbón» (© Alberto Garzón). «El régimen del 78 está como en el 75 estaba el régimen del 36. Un empujoncito y seguro que se tumba», escribió Juan Carlos Monedero en 2014. Quiero creer que en otro tiempo, menos cínico, estas y otras indignidades habrían provocado algún golpe de coraje. Pero el PSOE es ya una carcasa colonizada de las esporas sanchistas. Su táctica se limita a recibir por vía rectal las carantoñas del nacionalismo y a condenar a galeras, por indignos, rastreros, despreciables, corruptos, fachas, mezquinos y repugnantes a la mitad de los españoles. Nuestra única esperanza es que, como en la fábula del escorpión y la rana, el presidente lleva muy dentro la inclinación por traicionar a todo y todos, incluidos sus socios. Nuestra condena, que hará cuanto necesite para perpetuarse en Moncloa. Decía Woody Allen que en esta vida «Es importante sentirse culpable, de lo contrario, ya sabes, eres capaz de hacer cosas terribles». Pero entre el director de Broadway Danny Rose y los heraldos del sicariato vasco, que odian al judío, Sánchez prefiere a los segundos: pocas cosas deben de unir más que reconocerse en la radical ausencia de aduanas morales.

Julio Valdeón

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