«Si realmente hay voluntad de diálogo, el instrumento que se utilice nunca debería ser un problema». Estas palabras las pronunció Miquel Iceta. Conviene memorizarlas. En su ADN palpitan los ácidos del asalto iliberal a la democracia. Conviven los efluvios jesuíticos del blanqueador profesional con las más evidentes señas de identidad del catalanismo. Aislemos las partes. “Voluntad de diálogo”. “Instrumento”. “Problema”. La primera, en la neolengua del clérigo, es una caja para cobijar la tarántula de pelos urticantes y quelíceros afilados conectados al grifo del veneno. El llamado “conflicto político” de Cataluña son unos sediciosos condenados por saltarse la ley, violentar la Constitución y, en resumidas cuentas, tratar de romper un país que pertenece a todos y en el que todos tenemos “derecho a decidir” sobre su (nuestro) futuro. Unos políticos que, sin cargar la suerte, podríamos definir de un raquetazo como capos de una partida de delincuentes. El “conflicto político”, en realidad, para el que reclaman «diálogo», discute el concepto moderno de ciudadanía. Bebe de las mismas fuentes culturales e ideológicas que hace un siglo degeneraron en fascismo. El “conflicto político” y su trágala asociado claudica ante el marco mental de unas élites supremacistas que envueltas en la bandera y cebadas por todas las generosas transferencias de riqueza y mano de obra durante el franquismo primero reclamaron más ventajas fiscales, más poder, más chiringuito y mamandurrias, más redes clientelares, más carantoñas y mimos, y luego ya, resueltos todos los viejos escrúpulos, asumidas las contradicciones y abonados a la vía eslovena apuntan directamente contra la yugular del Estado de Derecho. El llamado “Instrumento” no merece más consideraciones: se trataría de legitimar una negociación opaca y sobre todo de otorgar carta de naturaleza a unas herramientas segregadas de la voluntad política de los ciudadanos españoles, representadas en el parlamento. Finalmente y en movimiento circular el “Problema” de nuestro ínclito Iceta actualiza las estupendas alusiones al conflicto, al contencioso político y social que tanto airearon en su día las sucursales mediáticas del terrorismo etnonacionalista vasco. Sí, sí, el mismo que asesinaba a los concejales de un partido, el PSOE, cuyos máximos dirigentes actuales parecen decididos a navegar hermanados con la mafia. «Si realmente hay voluntad de diálogo, el instrumento que se utilice nunca debería ser un problema». Y yo, haciendo mía la idea de un reciente manifiesto del Foro de profesores, me pregunto, esta gente tan simpática, ¿por qué lo llama “conflicto” cuando habla de “chantaje”?. A más, ¿desde cuándo es buena idea dialogar con fascistas?

Julio Valdeón

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