Leo con interés los lamentos por la flatulenta floración cantonalista de Teruel Existe y la fecunda germinación de las esporas provincialistas, localistas, solipsistas et al. Yo estoy encantado. Verán. Durante décadas, más de un siglo en el caso del PNV, desde el 31 si hablamos de Esquerra Republicana, hemos soportado el discurso profundamente egoísta, rancio, letal, de unos caballeros empeñados en avanzar como cangrejos hacia cro-magnon. Aunque a veces sospecho que el objeto de deseo, su premio, es incluso más ambicioso, que suspiran por regresar al australopithecus. Gentecilla capaz de sostener que su lugar de nacimiento amerita el fuselaje de una ideología a la medida. Tribunos de la tribu empeñados en levantar entre ellos y el resto barreras económicas, aduanas lingüísticas, fosos culturales, alambradas sociales. Peritos de lo social, druidas de la diferencia, dispuestos a inmolar la igualdad de oportunidades, a dificultar el acceso de todos a los recursos de todos, a fabricar extranjeros y fundar fronteras, puesto que son más guapos, más altos, más listos, y merecen, qué menos, un príncipe, dos fueros y un dentista. Como la matraca viene del principio de los tiempos convivíamos con ellos sin atender demasiado a sus propuestas inescrupulosas. Al fondo de reptiles que anima todo nacionalismo. A la obscena pretensión de militar en el partido de sí mismos y a la patética transformación de las señas de identidad folklóricas en parteras de la Historia cuando la Historia, vacunada por los ejércitos de los muertos, hace tiempo que navega en contra suya. Formaciones como Teruel Existe, o declaraciones tan ridículas como las de ese joven poeta que escribe en bable como acto político -¿para reivindicar qué?, ¿la república independiente de Proaza? ¿Para que la patraña del bable (¡recuerden a Gustavo Bueno y a Emilio Alarcos!) reciba el tratamiento del lince ibérico?-, chorradas así de locas sitúan a los nacionalistas homologados en el supermercado político ante la exacta respuesta del espejo. Eso son, nada más, nuestros hasta hace tres días respetables vendedores de patrias culturales. Pillos redomados y reyes del tanatorio hicieron de sus reclamaciones, dignas de una comunidad de vecinos hipertrofiada por un ansia digna de los mejores caimanes, algo así como un programa político. Al Sunset Boulevard de la miseria española sólo faltaba sumar los vendedores de anchoas, los del silbo canario y los guerrilleros del Moncayo. En el circo de los enanos, guateque de payasos cuatreros, no falta nadie.

Julio Valdeón

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