19 condenados por malversación y prevaricación continuada. A un ex ministro, ex presidente de la Junta, ex presidente del PSOE, le han caído 9 años de inhabilitación. A otro ex presidente, también de la Junta, también del PSOE, 15 en el dique seco y 6 en chirona. Entre los condenados está la plana mayor del PSOE andaluz de los años del recochineo, cuando desde el palacio de San Telmo los señores de la oliva, el azahar y las fresas repartían prebendas, certificados de amistad, pañuelos rojos, humeantes chanchullos. La maquinaria engrasada funcionaba de maravilla para captar clientes, fidelizar soldados y administrar las redes de vasallaje. Todo sucedió en aquellos felices años en los que los de la Junta sólo parecían más presentables gracias a que en Marbella gobernaba un mafioso con guayabera. Se antojaba imposible sacarlos del poder porque la oposición nunca perdió la petulancia del señorito en el cortijo. O eras caballo o caballero. Las calles blancas de las barriadas hervían de canis en moto, el paro era digno de Marruecos y los jóvenes huían con lo puesto. Todo quedaba perdonado por la caricia de un clima tan tentador como un chute de opiáceos nacido en el pubis del Cantar de los cantares. Lo asombroso no es tanto la condena de un tiempo y un partido como el papelón de las simpáticas majorettes. Ahí tienen al bueno de Pablo Iglesias, gran capitán en surfear contradicciones, nuestro valiente Laird Hamilton de Galapagar, que en plena maniobra de salvamento de su propia vicepresidencia, y de las letras del chalet, escribe ufano que «El bipartidismo trajo corrupción y arrogancia. Llegarán más sentencias como esta que retratan una época. España ha cambiado y no volverá a tolerar la corrupción. Ahora se abre la oportunidad de defender la justicia social y garantizar la limpieza de las instituciones». Hombre, hombre, convengamos que suena un poco exótico, después de justificar la moción de censura de cuando entonces en unos términos dignos de Winston Churchill en los días de los bombardeos. Aunque menos alegre que las contorsiones de quienes, sin tiempo ni musculatura para atender a las mil páginas de la sentencia, ya escriben que ni por asomo esto puede compararse con la Gürtel. Y tienen razón, pues lejos de enfilar el botín con rumbo Suiza, como el hortera de las patillas que buscaba al argali, la banda de San Telmo repartía el maná en Chanel, cocaína y Don Perignon. En lugar de jóvenes airados, orgullosos rockers como en la canción memorable de Sabino Méndez, Andalucía fue pasto de unas termitas del ideal.

Julio Valdeón

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