Lo anunciaban los augures monclovitas. Pedro Sánchez convocaría las segundas elecciones en medio año para barrer a izquierda y derecha. Lo que ha logrado se parece mucho más a un pan como unas hostias. España remontó la crisis de 2008 con la muerte del bipartidismo. Once años más tarde despierta troceada. Comandada por un emperador loco asistimos a la definitiva atomización del parlamento y a la práctica imposibilidad de lograr un gobierno que no sea directamente corrosivo. Suben los populismos, suben los radicales, suben los eurófobos, suben las fuerzas nacionalistas, los partidarios del dumping entre territorios y los que viven felices en la erosión del sistema. Como éramos pocos también ganan fuerza los regionalistas, empezando por el señor ese que va a la tele armado de una lata de anchoas y siguiendo por los náufragos turolenses. A Pedro Sánchez hay que reconocerle su egotismo y su instinto de killer, que son atributos indispensables de los líderes con aspiraciones de supervivencia. Lástima que el olfato carnicero, que le ha permitido eludir la aciaga suerte de la socialdemocracia griega y francesa, no le haya advertido de un escenario en el que el PSOE obtenía un resultado peor que en abril, con un legislativo colonizado por oradores de vena hinchada. Un hombre que nació a la vida pública gracias al bloqueo alcanza la plenitud merced a ese mismo bloqueo, fatigados ya los emisarios de las cesiones y consagrados los candados mentales como fetiches del ecosistema político español. En la semana que murió Círculo de Lectores la sociedad entra en su fase Reader´s digest, de mensajes empaquetados en potitos y problemas trillados, clasificados y comercializados en cómodas grageas radiactivas. ¿El lema? Lo que no mata engorda. Es lo que sucede cuando la militancia ocupa el papel del electorado y elige a uno de los suyos, y no de los mejores. Extinguida la moderación, condenados por blandengues los analistas templados, las llamadas al entendimiento, el mínimo común denominador del respeto a la igualdad y la condena de las ensoñaciones románticas, y expulsadas del paraíso las élites intelectuales, sinónimo de casta, acabaron por inocularse en el cuerpo social los bacilos de un dogmatismo irrespirable. A la izquierda de Sánchez encontramos a Unidas-Podemos, que no deja de perder fuelle. Amaneció para asaltar los cielos y se conforma con que la dupla cesarista siga pagando las letras del chalet. Pablo Iglesias, en su enésima alerta antifascista, tiende la mano a Sánchez y con él a la miriada de trolls plurinacionales. No necesitas ser un lince para comprender que a la apuesta de gobierno que propone suma el engendro de Más Madrid, las pirañas del PNV… y a formaciones juramentadas contra la democracia española, ERC, Junts per Catalunya, Bidu y etc. Al otro lado asistimos a la deflagración completa de Ciudadanos, arrasado hasta los tuétanos después de haber ganado hace apenas dos años las elecciones autonómicas en Cataluña. Muere Albert Rivera. Desaparece por incomparecencia propia, por cortoplacismo atroz y porque rechazó la naturaleza esencial del partido. Ciudadanos, radicalmente moderno, estaba llamado a ser una fuerza casi líquida, limpia de adiposidades mesiánicas, estratégica en la gobernanza frente al auge nacional/populista. Tras el no es es no es no y la renuncia a la socialdemocracia el partido tiene ya rostro de CDS y Rivera no encuentra gadgets en el fondo del bolso. Adiós o casi a un partido que aspiraba a que la ciencia, el empirismo y la razón ocupasen el lugar donde galopa la peor ideologización posible, la de mis principios, y mis gónadas remorenas, por encima de todo y todos. A Rivera le perdió el espejismo de sustituir al PP como fuerza hegemónica del centro derecha. Le petit Rivera lo jugó todo a un gobierno Frankenstein. Con dos millones de votos menos y una debacle histórica en Cataluña lo único que puede hacer es confirmar con una bella dimisión su suicidio. Soñaba con cuatro años de roer el hígado de Pablo Casado y no contó con la facilidad sanchista para desdecirse. En cuanto al PP lo mejor que podemos decir es que salva los muebles. El único gran triunfador de las elecciones fue Vox, que viene a ser lo que Podemos hace un lustro. Su victoria nos deja en cueros a quienes despreciábamos a los apocalípticos. Lejos de ser una anomalía España daba para una ultraderecha similar o incluso más fuerte a las que vemos en el resto de Europa. Como Podemos, Vox enarbola propuestas y melodías de contenido plebiscitario e iliberal. El intento del golpe de Estado en Cataluña, la inanición de los partidos sistémicos ante el asalto nacionalista, y la asimilación como convencionales de unas formaciones evidentemente antiliberales, ERC, etc., no podían salir gratis. El otro gran vencedor de la noche es el ex ministro Cristóbal Montoro. Al deshielo de los polos y el petardazo climático sólo llegarán vivos sus presupuestos generales, las cucarachas y Keith Richards.

Julio Valdeón

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