En la antesala de unas elecciones que pueden dejarnos a merced de un hombre sin principios me dio por releer los libros de Antonio Robles. Suspiré melancólico recordando que las traiciones en favor del nacionalismo son tan antiguas como la historia misma de nuestra democracia. Para llegar a tierra firme tras la noche franquista aceptamos el anacronismo de la monarquía y el pulpo como animal doméstico que representaban las nacionalidades históricas o culturales o puturrú. La corona se ha revelado como garante esencial del Estado de Derecho y las libertades frente al despotismo. En cambio las autonomías lo traicionaron todo y a todos. Guiadas por unas élites políticas y económicas formadas por amorales, delincuentes y monjes xenófobos, siempre dispuestos a rellenar con sus redes clientelares y sus relatos míticos y sus detritus líricos cada celda que abandonó el Estado. En este proceso de putrefacción y abandono de lo común los nacionalistas nunca habrían llegado muy lejos de no contar con la protección, complicidad, francachela y ayuda de una izquierda que ha renunciado a sus mejores principios para perpetuarse en el poder. Es evidente que la derecha también pactó y protegió y se lucró con la mafia en Cataluña. Pero no aportó ese plus de reconocimiento moral, de superioridad ética, que los secesionistas necesitaban para legitimarse. De todo esto, de una izquierda que nos dejó tirados, a los de su cuerda y a los que no, que renunció a luchar por la igualdad para entregarse al relato eclesiástico, baboso, violento y mítico, ergo nacionalista, ha escrito formidablemente Robles. Al que el otro día, y en un acto que nunca podremos celebrar de forma suficiente, honraron en Barcelona en compañía de otros valientes. Superviviente de la resistencia, oficial de un Fort Apache acariciado por el fuego, habló con la pujanza, la delicadeza y la esperanza de quien a pesar de coleccionar banderas rotas, cicatrices, traiciones, no renuncia a imaginar un futuro más limpio, menos vergonzoso. Cuando el constitucionalismo deje de ser una especie de secta underground o una actividad de alto riesgo. Leer a gente como Antonio Robles, Francisco Frutos o Nicolás Redondo Terreros permite suponer que en España, y contra todos los indicios y pruebas disponibles, todavía palpitan los rescoldos de una izquierda digna de tal nombre. La forman cuatro, es cierto, y caben en un taxi, y están en las antípodas de quienes blanquean el supremacismo en Cataluña y País Vasco, de las cuentas y cuentos del peronismo iliberal podemita. Pero su coraje, su dignidad, su arrojo, vale por multitudes.

Julio Valdeón

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