Me conecto al debate en televisión y a los pocos minutos ya estoy con la lengua fuera. El ruido gris al que se da el presidente interino, Pedro Sánchez, combina de miedo con su habilidad para ensayar pasitos de baile. Le salen fáciles, muy naturales. Está en la naturaleza del contorsionista ofrecer las consignas que esta misma mañana le hayan apuntado sus asesores. Ventajas de contar con un banco de principios absolutamente flexible. Casi ni se le notaba la hipótesis de uno de los resultados más estrambóticos de la historia reciente, con su partido abocado a pactar con los mismos que rechazó hace tres días. Tras las ruinas sucesivas provocadas por el nacionalismo y el asalto de los xenófobos al Estado todo lo que ofrece son otros veinte años de civilizada colaboración con los enemigos del pacto constitucional. Pablo Casado, entre tanto, sacó a pasear el viejo rajoyismo que tan buenos frutos le dió al anterior presidente. Ese sí es no es sí entre galaico y zen que adormece tormentas con la flauta tallada en madera de boj. Y cómo no reivindicar los tonos y ritmos de su antecesor si en España, finales de 2019, seguimos con los presupuestos y cuentas del ministro Montoro. Para coleccionar y ofrecer momentazos Liberty Valance ya está su portavoz en el Congreso, bestia negra de todos los reaccionarios unidos jamás serán vencidos. Pero las emociones fuertes iban por otros barrios. Para empezar estaban los gemelos univitelinos del populismo, Podemos y Vox, Pablo Iglesias y Santiago Abascal, dos super dos, Bud Spencer y Terence Hill, Abbott con la corbata de Alcampo, Costello sin. Fue digno de escuchar al pobre Iglesias cuando repitió sólo sí es sí y cuando se escandalizó con la sentencia de Manresa. Igual que Abascal pero por el otro lado, pide mano dura, está contra los estúpidos matices de la democracia liberal y reclama arrojar las llaves de la cárcel al fondo del mar. Si por él fuera serían paseados como burros los locos y machistas heteropatriarcales que sacaron adelante el Código Penal del 95. En cuanto a la cuestión territorial daba bastante pena escuchar a un supuesto comunista enemistado con la unidad de redistribución y justicia, enredado en los cheques para la dependencia al tiempo que favorece todos los fueros y todos los privilegios prepolíticos imaginables. Abascal, su sosias de camisa desabotonada, hablaba del crimen, como si España fuera el South Bronx de los setenta. Yo pensaba en las portavoces del nos están matando cuando resulta que España es uno de los países más seguros del mundo, y en los paralelismos necesarios de dos discursos que apelan a la pura emotividad sin atender a razones. Voxpodem, en efecto. En la tragicomedia faltaba Albert Rivera, más apaciguado que en otras ocasiones, pero igual de dependiente de los gadgets que le suministran los cabezas de huevo. No faltó el adoquín barcelonés. El tiempo se nos iba, cruel, en especular si saldría en antena el perrito monísimo y gordito, que huele a leche y barquillo, a luz y caramelo, y con el que el todavía líder de Ciudadanos aspira a remontar la hecatombe. Una verdadera lástima, pues su partido nació para poner coto a los desmanes nacionalistas y aportar unas gotas de republicanismo cívico y político en el circo mesiánico. Con todo lo peor fue comprobar que las formaciones mainstream, ahogadas por las contradicciones de la época, reos de las necesidades del show, encerradas con los usos y juguetes de la política pucheros, hiperventilada y extrema, se hayan visto obligadas a multiplicar de forma tan efectista su aparente distancia. Con sus aspavientos dopan a los los dragones iliberales. Mientras tanto asoma las orejas el lobo de la próxima recesión y el golpe en Cataluña sigue vivo.

Julio Valdeón

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