El pirómano sufre una tendencia patológica a provocar incendios. En su diccionario la RAE podría canjear pirómano por Pedro Sánchez. Presidente interino y ludópata, el mozo, adicto al riesgo, adrenalínico perdido, va y viene colgado de una urna untada en gasolina. Concibe la democracia como el domingo electoral de la marmota. Un bucle de encuestas que le permite despertar a una campaña interminable y una jornada de reflexión emancipada del espacio/tiempo. En su concepción del mundo y la política los colegios electorales despiden rayos-C junto a la puerta de Tannhäuser y los saludamos con lágrimas en la lluvia. Si por él fuera no haríamos otra cosa que pasear con la papeleta cosida a los belfos, como perritos de Pavlov bien amaestrados. Digamos que lo suyo es la versión mitigada, eufemística y al mismo tiempo respetable, engrasada por la Constitución y el BOE, de los referéndums con los que populistas de toda manga y marca pretenden reventar las democracias. Un plebiscito permanente que evita caer en las chungas retóricas iliberales de EH, Podemos o ERC y dotado de la legitimidad que aporta la democracia representativa, reactiva al blanco/negro rupturista que dinamita el sistema desde dentro mientras revienta las costuras del cuerpo social. A Sánchez los gurús le susurraron que había un camino de baldosas amarillas que conducía al otoño y que sería presidente unánime, o casi, si jugaba a chulear a Podemos. La otra condición pasaba por ahogar a Ciudadanos y PP al exigir una investidura imposible. Sánchez, rey del bloqueo, inventor de la parálisis, no es no, lea mis labios, mutaba a voluntad en gimoteante estadista al que se le aparecía la pinza. Sánchez, sí, confiaba en reeditar la tenaza que patentaron los enemigos de Aznar y Anguita para salvar los restos escleróticos del felipato y protegerse de una teórica maquinación liberal-marxista, democristiana y roja, entre Karl Popper y Gerald Cohen. En su favor hay que escribir que la maniobra sirvió para demoler a Ciudadanos, acaso el único partido laico que resiste en España, y que podría despeñarse incluso por detrás de Esquerra. Está por ver que el electorado entienda el guiño a Celaya y Paco Ibáñez, España en marcha, con el que los de Rivera aspiran a remontar. En contra de Sánchez, de su ensoñación, de los bocetos triunfales que le pusieron delante, la evidencia de que puede sacar un resultado peor que el de abril. Con lo que los seis meses de poliomielitis del Estado apenas sí servirían, en lo colectivo, para minar las perspectivas económicas del país y coquetear con una nueva crisis, y en lo personal para reforzar contradicciones, multiplicar debilidades y hacerle incluso más dependiente del PSC del taimado Iceta, que reina por jefe interpuesto y al que el muñeco del Falcon debe la secretaría general. Al sanchismo no le queda más salida que apaciguar al Godoy que gobierna la diputación y el ayuntamiento de Barcelona en compañía de golpistas y/o peronistas. Después de negar el federalismo asimétrico y el horizonte confederal, antesala de la definitiva balcanización de España, los cabezas de huevo sanchistas apuestan por hacer arrumacos al unicornio legendario que tan cachondos pone a los politólogos arabigoandaluces, los humoristas equidistantes y las locutoras inclinadas a comprender la frustración de los encapuchados nacionalistas que queman contenedores y hostian policías. Con semejante panorama nos esperan mañanas de Sánchez envuelto en la rojigualda cual banderita cantada por Marujita Díaz vestida de majorette patriótica en Las corsarias. Abocados al ecosistema de la incertidumbre y las encuestas en cuarto decreciente veremos tardes de Sánchez convertido en relator de las mil y una noches plurinacionales y látigo de los que aspiran a que los políticos que hayan delinquido contra la democracia (Junqueras et al.) sean inmunes a la indagación de los fiscales y jueces. Cercados por unos sondeos que pronostican mala vibra el sanchismo hará buena su condición unipersonal, su metal caciquil, su inigualable cesarismo, para fajarse a izquierda y derecha con un mensaje indefinido, flexible, cimbreante y amorfo. El capataz de la peor deriva del país desayuna hoy las flores del mal que le enchufa Tezanos y confunde su trote cochinero por la cubierta del barco con el planeo inmortal del albatros. Los depurados por su ambición, los damnificados del partido, cuentan cosas terribles de su ego y su mezquindad. Ha tenido la puntería de aliarse con el nacionalismo periférico y de alentar el nacionalismo centralista, que epitomiza Vox, al tiempo que escupe sobre los últimos defensores de las ideas ilustradas y el paradigma revolucionario de la nación de ciudadanos. En su ausencia el PP celebraba ayer un acto en Barcelona donde honró a los grandes protagonistas de la resistencia contra la xenofobia. Profesores, dramaturgos, políticos y escritores a los que el PSOE, jibarizado hasta ya sólo ser máscara de Sánchez, abandonó para entenderse con los pequeños tenderos de la aldea, los psicofantes aulladores de la basura cultural y étnica, los sepultureros del 78 y los enterradores del espacio común. La estampida kamikace puede entenderse mejor si atendemos a los intelectuales que vienen dando la cara por los aliados instrumentales del sanchismo. Con ellos, junto a ellos, Pedro Sánchez, pirómano en jefe, aspira a mantener vivos los fuegos plebiscitarios, los juegos de la propaganda y las olimpiadas de la crispación. Escenarios ideales para que de lo mejor de sí mismo un hombre de principios accidentales. Un estadista fake. Un hacedor de incendios abonado a la interinidad. Como el jaquetón, necesita moverse para seguir respirando.

Julio Valdeón

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