«La palabra identidad es peligrosa», denunciaba Tony Judt en el epílogo de The memory chalet, «en el mundo académico los estudiantes pueden elegir entre una gran variedad de estudios identitarios: estudios de género, estudios sobre la mujer, estudios sobre los asiático-americanos y otras varias docenas». La diferencia con el pasado, concluía el historiador, es que ahora, lejos de conformarse con estudiar a ciertos colectivos, «los departamentos universitarios animan a los miembros de las minorías a estudiarse a sí mismos». Cayó el muro, enterramos al judío de Tréveris, nos asomamos a las inmensas tumbas blancas de Siberia, asumimos que el paraíso proletario en la Tierra fue la enésima sublimación de unos ideales místicos mal disfrazados de laicismo, que aspiraciones tan legítimas como la búsqueda de un horizonte emancipador que permitiera a todos desarrollar sus potencialidades fueron secuestrados por clérigos de camisa ensangrentada, ingenieros del cuerpo social, censores de ideas, cazadores de herejes y policías políticos. Comprendimos, tarde y mal, que los mejores poetas cantaron a una banda de psicópatas, megalómanos y asesinos. Desorientados, necesitados de nuevas certezas, siempre en busca de una red de seguridad y un catecismo al que agarrarse, muchos de los viejos camaradas derivaron en el consumo de las peores sustancias intelectuales. De apostarlo todo a la razón que nos iguala y comunica, y con ella a la ciencia como herramienta de indagación y apoyo imprescindible del cambio, de la fe en el comercio que rompía barreras y ampliaba el perímetro de lo humano y del rechazo a las supercherías desembocaron en propuestas intelectuales posmodernas, centrifugadoras de la razón y el individuo, bastante menos prometedoras incluso sobre el papel, como aquellas que desembocaron en el comunitarismo, el multiculturalismo, el anticientificismo y un largo y penoso etcétera de nuevos credos y causas reaccionarias. Entre los cascotes de lo que fue el Titanic, bajo las ruinas ilustradas, florecen los hongos alucinógenos de unas teorías blandas, la gula por los peores caramelos oscurantistas. Del marxismo a los ismos, y no precisamente a las vanguardias, podría ser el lema, o mortaja, o sudario, de la desnortada izquierda europea y estadounidense luego de la caída del Muro y el estallido en mil pedazos de ese gigante esclerótico que fue la URSS. Podría rastrearse el jodimiento del Perú: aunque la orquesta roja desafinaba hacía décadas sólo los más lúcidos supieron verlo a tiempo, cuando las grandes purgas estalinistas en los treinta, incluso desde los veinte; pero otros, muchos, rodaron de coartada en coartada sin privarse de ninguna. Hubo quien supo despedirse cuando los estudiantes de Praga y Varsovia se levantaron contra la tiranía. Otros, demasiados, dedicaron las tardes parisinas del 68 a levantar adoquines para arrojarlos a los policías antidisturbios, hijos de la clase trabajadora a los que había cantado en un poema Pasolini, más lúcido que los chavales que desfilaban en torno a Sartre. «Cuando ayer en Valle Giulia os liasteis a golpes/ con los policías,/ yo simpatizaba con los policías./ Porque los policías son hijos de los pobres./ Vienen de periferias, ya sean campesinas o urbanas». El Libro rojo de Mao sustituyó a El 18 de brumario de Luis Bonaparte, la Banda de los Cuatro sembraba el terror y los muchachos más comprometidos, reunidos en asamblea, fumaban Derrida y consumían el vistoso garrafón de Godard. Con los años hemos llegado a lo que Francis Fukuyama ha denominado recientemente como ideologías del resentimiento. Cruzados de la frustración, estudiosos de su propio ombligo, solipsistas profesionales y tahúres especializados en sortilegios trafican las hierbas del descontento y los ungüentos de la autoestima. Siéntete miembro de un grupo, acaricia tus diferencias, reivindica los agravios sufridos, renuncia al universalismo, antepón el subidón de las emociones a la indagación cartesiana, descree de la ciencia y abraza las causas de la tierra, la sangre y la piel. El mundo no sólo late a golpe de necesidades materiales. Importa, dirá Fukuyama, saberse reconocido. El tribalismo, los mantras identitarios, crecen en parte gracias al apetito por integrarnos, por gozar de aplauso, amor y compañía. Abandonada cualquier pretensión ilustrada, ignorados nombres como, pongamos, Stuart Mill, John Dewey o Bertrand Russell, y con ellos el programa de una sociedad reformista propulsada por la razón, fría pero vigorizante, que emana de reivindicar la libertad y luchar por la igualdad de oportunidades, la izquierda da tumbos abrazada al primer cantamañanas del día, al último traficante de estampitas, ya sea un prospector del género, un enemigo de la biología o un nacionalista dedicado a vender humo al tiempo que predica la bondad de disponer alambradas y exigir pasaportes. Entre quienes mejor han pensado aquí y escrito sobre el particular, está Félix Ovejero, profesor de ética y economía en la Universidad de Barcelona, y que nos ha dado la cartografía esencial. Para el autor de La deriva reaccionaria de la izquierda el origen de todos los desbarres podría situarse, en efecto, en las postrimerías de los 60. El mayo francés consagró a una punta de postestructuralistas y posmodernos, relativistas de razón astillada, de la cual en realidad ya habían brotado antes juristas como Carl Schmitt, que en entreguerras no dudó en defender la legitimidad ‘cesarista’ sobre la del estado de derecho, pues éste pretendía encarnar un procedimiento legislativo imparcial en el que ya nadie creía. Ese 68 desembocó, según explicó el profesor Francesc De Carreras, «en posiciones que renegaban de la herencia ilustrada y se desviaban del racionalismo como principal instrumento de conocimiento». Hasta el punto de que hoy por hoy los principales propagadores de los conjuros, los enemigos de los ideales universalistas, los propaladores de mitos culturales como fuente de Derecho y los más fervientes defensores de las patrias nacidas al calor de unos supuestos rasgos diferenciales surgen con abrumadora fortaleza del campo de la vieja izquierda. Si creen que exagero, si no les basta con el deprimente espectáculo de un Podemos abonado a toda clase de hechicerías y encantamientos acérquense unos días a EEUU. Indaguen en lo que sucede en los campus de sus universidades desde hace décadas, tomados por teóricos de la diferencia y especialistas en estudios feministas, y parcelados en áreas selladas mientras los profesores desconfían de los estudiantes, los estudiantes temen a los otros estudiantes y los claustros ponen en marcha aparatos paralegales que sirven como tribunales de herejes. Todo esto, al decir de Greg Lukianoff y Jonathan Haidt, sw agrava desde que la generación nacida a partir del 95 llegó a la universidad y reclamó que nadie ni nada, ningún orador y ninguna idea, amenace sus creencias, sus sentimientos, sus afectos y dolores. Los autores hablan de unos claustros y unas aulas obsesionados con las microagresiones, las políticas de identidad, las reclamaciones de seguridad, la apuesta por la intuición, la continua apelación a unas teóricas culpas grupales y el énfasis en los traumas, reales o imaginarios. Muchos de los principales pensadores del frente racionalista, defensores de la democracia, enemigos de la sinrazón y las etiquetas, son recibidos en los campus con una hostilidad que raya en la pura agresión. «Una izquierda contra la razón política», sentencia Ovejero, que viene de París, gran vivero de «la mercadotecnia intelectual y de la sofisticación, o de la sofística», y «muda la política en mera expresión de deseos». «Cuando no hay límites», añade, «la política se muda en pura expresión de deseos. Una sensibilidad que resultaría extraña, cuando no antipática, a cualquier socialista del diecinueve y hasta de buena parte del veinte. El abandono del compromiso con la racionalidad. Adolescencia en estado puro. La antipolítica». En esas estamos. Abandonamos la lucha de clases y nos entregamos a los bozales de la corrección, los delirios del género y, por decirlo con Judt, el último socialdemócrata, la «hipersensibilidad con los sentimientos heridos». En España “sólo” 9 millones votan por formaciones nostálgicas del infierno previo al Muro y/o defensores del indentitarismo en cualquiera de sus pútridas variantes. Tras la caída de los soviets llegó el imperio de semióticos, antropólogos y sociólogos. Claro que hemos mejorado: los plastas, los vendeburras y los sectarios, de momento, no tienen Gulag donde internarte.

Julio Valdeón

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