En la batalla de la propaganda, dos imbéciles, dos visionarios, Donald Trump y Quim Torra, ganan por goleada el campeonato del ruido y al furia. Han comprendido mejor que nadie la importancia de salir por televisión como payasos en las barricadas. El primero anunció la muerte del terrorista Abu Bakr al-Baghdadi con palabras dignas de Kim Jong-un. «Murió como un perro, como un cobarde», dijo el ídolo de la telemierda desde la Casa Blanca, «gimiendo y llorando y gritando todo el camino». Pete Souza, fotógrafo de la Casa Blanca con Ronald Reagan y Barack Obama, autor de imágenes icónicas, ha sugerido que la fotografía del gobierno siguiendo muy serio la operación del sábado es un fake: «La redada tuvo lugar a las 15:30 hora de Washington. La foto, como se muestra en los datos de la cámara, fue tomada 17:05:24». El otro memo, rodeado de pelotas negrófagos y periodistas paniguados, o sea, Torra, montó un teatrillo a cuenta de una supuesta llamada a Moncloa. La escena parecía sacada de uno de esos programas y esas productoras generosamente subvencionadas por la Generalidad para que luego algunas de sus estrellas desoven en la televisiones nacionales su lucrativa ambigüedad. Del trato de Trump y Torra con los medios, y del hecho que semejantes bodrios no les hayan condenado al oprobio universal y el exilio autoimpuesto por ridículos, por pelmas, por infantiles, por tomarnos por gilipollas, por pirómanos y caraduras, se infiere que el verdadero cambio climático, que achicharra cerebros y aborrega electores, sigue enchufado a los presupuestos. De ahí que en el permanente ciclo electoral, así en EEUU como en España, con los enemigos de la pluralidad en el centro de la pista, resulta sencillo vaticinar la multiplicación de numeritos y la imparable avalancha del perreo dialéctico. Normal entonces que el inefable Pedro Sánchez haya comparado las declaraciones de Albert Rivera a cuenta del Valle de los Caídos con las de un alemán nacido después de 1945 y al que no le importara «el Holocausto nazi porque nació después de 1945». Semejante majadería, vomitiva por la indecencia de usar la Shoah en vano pero también espléndida en su lacónica capacidad para resumir la pequeñez moral del amigo, semejante obscenidad, digo, necesita ser incensada delante de las cámaras. Uno no escupe eso para perderlo luego entre las páginas del kiosko. Las grandes burradas merecen plató, alcachofas, cámaras. Santificadas desde el núcleo irradiador donde florecen los modernos populacheros, aprendices de flautistas de Hamelín, saqueadores de la belleza y mamporreros de arrollador narcisismo, jaleados por la mala versión de la democracia que marcan las encuestas y de la mano de unos guionistas salidos de la publicidad. Arde la inteligencia, sí, pero el acabose será televisado en prime time.

Julio Valdeón

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