Lo anunciaban los augures y lo corroboró la Guardia Urbana. Pinchó por cuarta vez el tsunami independentista. Si los guardias de la porra de Colau hablan de 350.000 chalados entonces no fue ni la mitad. Agoniza el akelarre de globos y fotos de los golpistas como si fueran líderes de la secta Falun Gong en China, el estrafalario empeño por confundir a un trilero como Raül Romeva con los monjes budistas del Tibet. Claro que a la hora de escribir estas líneas desconozco si Barcelona anocheció otra vez cercada por las llamas, baile de los escombros o insufrible sardana que reduce el viento a mera ceniza. Tampoco sé si los mariachis del golpe de Estado abandonaron las calles sin engancharse antes y apedrear a los antidisturbios. Su marcha había precedido la gran manifestación del domingo, que sueña con emular la del 8-0 de 2017. Pero la cosa empezó mal. SCC no daba la bienvenida a Vox. Después de que el PSC, loado sea, anunciara que nos concede el beneficio de su presencia, tras las ya inevitables contorsiones de Miquel Iceta. Imposible no maliciar que los socialistas, socios de ERC y JxC en la diputación de Barcelona, y que gobiernan con los golpistas medio centenar de ayuntamientos, habían suplicado a SCC que les libre del trago de una pancarta y unas fotos incómodas. No fuera a salir alguna escrachadora, agazapada entre la espuma del jacuzzi de Galapagar, o incluso una ministra de Justicia, y les grite cuatrifachito y cuatrifachas. Y conste que Vox exuda nacionalismo rancio (pleonasmo). Pero hasta donde alcanzo no promueve la sedición o el golpe, no amenaza el orden constitucional, no invoca la rebelión ni llama a la desobediencia o a hostiar policías. Tampoco patrocina políticas xenófobas. Al final hubo rectificación y pico, como no podía ser de otra manera. Una organización cívica no es quién para trazar perímetros sanitarios o expurgar a una formación política. Mucho menos para minar el constitucionalismo mientras las escuadras del golpe prometen que volverán a intentarlo. Había que escuchar a Quim Torra y sus ochocientos alcaldes, con sus ochocientos mazos y sus ochocientos tractores, rechazar la sentencia del Tribunal Supremo, dar y recibir honores de jefes de campamento y gritar por la libertad de los sucesores de Armada y Tejero en el arte de atacar la democracia y emular a los camisas pardas y rojas que en los años treinta del pasado siglo soñaban con llevarnos a culatazos hasta las puertas de la Arcadia. Que luego ya, instalados en el paraíso, se descubriera como una sucursal del infierno, es cosa irrelevante para estos fanáticos. Como todo los lobotomizados por un ideal bigger than life, emplumados de himnos y plumas, su reino no es de este mundo y ay de quien rechace la conversión porque de él serán las nieves del gulag, los hornos a mil grados y las blancas tapias del cementerio. Parece mentira que todavía hoy, con la historia ensangrentada que traemos, con la barriga de Europa ahíta de cadáveres cobrados por un hatajo de criminales, puedan escucharse llamadas al apaciguamiento o que algunos acusen a los constitucionalistas de crispar y de vivir instalados en la bronca. El nacionalismo es una obsesión con las calaveras para que la historia y sus pecados, el mito, la propaganda y las trolas, aplasten a los vivos. Menos mal que a pesar de un gobierno de la nación que juega a ser el ave fénix, tras la exhumación del dictador y el enésimo numerito separatista, la gente salió a la calle para luchar como importa y empezar por lo que empiezo.

Julio Valdeón

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