Fue todo surrealista. El esqueleto del dictador abandonó Cuelgamuros en helicóptero. Ofició misa el hijo de un golpista, con el propio golpista en calidad de fósil articulado. Antes los familiares habían paseado por la mastaba funeraria con la bandera preconstitucional. Los cuatro nostálgicos que todavía quedan, insuficientes para algo más que llenar la barra de un par de tascas, largaron sobre la profanación y contra el Tribunal Supremo y el gobierno. Escuchando sus diatribas, sus ataques a bulto contra la Constitución, casi parecían infiltrados de los xenófobos catalanes y vascos, erre que erre con la obsesión de corroer a España en sus aceros. Apostados junto a las grúas, las unidades móviles y las cámaras circulaban cientos de periodistas acreditados, muchos de ellos corresponsales de esos que no pierden ocasión para escribir sobre el tipismo ibérico y otros esclerotizados tópicos a cuenta de una historia que no es mejor o peor que la del resto. La ministra de Justicia, Dolores Delgado, presidió las operaciones. Resultaba complicado no desmentir a quienes todavía creen que somos un pueblo obsesionado con el culto a los muertos, los huesos de los antepasados y las llamitas verdes que escupen óxido sobre los cementerios. Yo, e imagino que millones, contemplaba la performance con una mezcla de embeleso, curiosidad y asco. Me parece estupendo que deje de estar a cargo de los presupuestos generales del Estado el cadáver del general que, como escribió Francisco Umbral, merendaba chocolate con soconusco mientras firmaba sentencias de muerte. Pero como luego resulta que seguirá a cargo nuestro, ahora en El Pardo, pues en fin. Tampoco tengo muy claro que Cuelgamuros puede alguna vez ser otra cosa excepto un mausoleo que consagra la victoria de unos y la humillación del resto. Santos Juliá recordaba el año pasado el decreto del 1 de abril de 1940, donde leemos que la pirámide fue concebida para «perpetuar la dimensión de nuestra Cruzada, los heroicos sacrificios que la Victoria encierra y la trascendencia que ha tenido para el futuro de España esta epopeya». Lamento con el gran historiador que el gobierno de Zapatero no aprovechara sus mayorías para apostar por la reconciliación real, promover una verdadera política de Estado para recuperar y dar sepultura a los miles de fusilados que yacen en fosas comunes y olvidarse, por contra, de esos mensajes con perfume netamente totalitario respecto a la idea de formular una verdad histórica, indiscutible y blindada, mientras sustraemos el pasado de la siempre molesta pluralidad interpretativa. Creo también que la derecha ha desaprovechado demasiadas ocasiones. Fue un error abstenerse en la votación de 2018. Por mucho que oliera a postureo. Por más que escueza votar con quienes, como los nacionalistas vascos, abominan de los homenajes al sanguinario césar mientras jalean varias veces al mes a los asesinos excarcelados. Cuando el show acabó quedaron allí los huesos de miles, apilados en el vientre de la montaña. Me pregunto si ahora que hemos zanjado el desagravio podemos centrarnos en combatir a los enemigos de la democracia aquí y ahora, el fascismo identitario que vive y colea de Rentería a Sant Jaume.

Julio Valdeón

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